Cecilia López Montaño

 

Cada vez son más frecuentes los insultos en el debate político del país. Sin duda esta terrible competencia la ganan miembros del Centro Democrático, especialmente las mujeres, que con esta forma inadecuada de expresar sus desacuerdos con personas o con ideas, ganan espacios amplios en los medios de comunicación. María Fernanda Cabal es la campeona en esta inadecuada competencia por ser la que más improperios dirige a los individuos con los que no coincide en ideas. Pero desafortunadamente esta forma tan inapropiada de comportarse está en riesgo de convertirse en epidemia. Perder la compostura frente a preguntas que parezcan o que sean realmente inconvenientes da más visibilidad que expresiones pausadas o comentarios sensatos. Los medios, sin querer queriendo, han ayudado a dinamizar este comportamiento.

Tienen razón quienes han ubicado los insultos en espacios públicos como grosería, como se llaman cuando estas expresiones fuera de tono se dan en espacios privados. En ambos casos se trata de comportamientos que son agresivos que es más grave que clasificar estas reacciones como simple mala educación. Perder la compostura cuando alguien expresa algo que se considera inconveniente, es la prueba de que los colombianos estamos perdiendo los límites que deben existir en toda sociedad para no caer en esas etapas superadas de violencia en todas sus formas.

Si estas consideraciones son válidas para todo ciudadano son mucho más pertinentes para los que tienen mayor visibilidad y aspiran a liderar ciudades o países. Es decir, los políticos y dirigentes son tomados, especialmente por las nuevas generaciones, como modelos de comportamiento. Pero en el caso colombiano y también en muchos otros países, se ha vuelto característico de estos sectores ser precisamente ejemplos de lo que no debería ser la manera correcta de actuar, propia de quienes han llegado a ocupar espacios de poder.

Aunque esta reflexión puede ser parte de todos esos análisis que están quedando en el olvido en este país lleno de odios, de resentimientos, es bueno recordar qué no son realmente los insultos. No son prueba de virtudes, como ser frentero lo que puede demostrarse con cordialidad; ser claro, porque ahí si cabe el dicho que afirma que” lo cortes no quita lo valiente”. Insultar es simplemente grosería, que no puede ser aceptado en el lenguaje público y privado.  Lo que sí es el insulto es malas maneras, agresividad, dosis adicionales que no necesita la sociedad colombiana que ha utilizado el odio como mecanismo de fracturar al país.

Ojalá no se siga fomentando esta forma de mostrar virtudes, que francamente no lo son, sino que se llegue a rechazar esta forma de debatir, de reaccionar y se vuelva a valorar la tranquilidad, la tolerancia y la capacidad de responder con serenidad, así sea en casos en que se sienta que se está tratando de ofender. Es un llamado que ojalá no se archive como una reflexión inútil y por el contrario se sigan estimulando los insultos, las reacciones violentas. Lección que deben aprender primero los líderes políticos por el bien de este país que requiere procesos de sanación en el comportamiento humano.

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