El padre iquireño Régulo Pérez Hernández. Foto Sergio Reyes.

Lo encontré sentado en una de las bancas de la Parroquia Santa María de la Paz en el barrio Los Pinos de Neiva, ensimismado en un grueso libro de oraciones, antes de comenzar a escuchar en confesión los pecados de algunos feligreses que se afanaban en medio del calor de las tres de la tarde.

Con mano firme y mirada honesta me saludó. Pasó menos de medio minuto para que me empezara a contar parte de esa maravillosa experiencia que ha sido su vida como sacerdote.

El padre Régulo Pérez Hernández nació el 2 de mayo de 1928 en un pueblito del Huila al que compara con el paraíso terrenal, Iquira. Por 11 años estuvo de acólito. Su padre era constructor de casitas de bahareque y con esfuerzo logró que entrara al seminario de Garzón en el año 1943, cuando la pensión costaba entonces $40. Salía a lomo de mula hasta Hobo y allí tomaba la línea directo para el seminario que estaba por esa época en el propio pueblo de Garzón y con los padres Vicentinos. Allí hizo 6 años de bachillerato, 3 de filosofía y 4 de teología.

Se ordenó el 16 de enero de 1955 con Monseñor Martínez Madrigal, hace 64 años, cuando solo existía la Diócesis de Garzón. Cada nuevo sacerdote o recién ordenado, debía estar dos años como coautor o ayudante de párroco, tiempo que cumplió en la Catedral de Neiva.

“Monseñor Martínez, que era tan serio, un buen día bajó risueño a preguntarme cómo me iba, y también me preguntó, ¿usted no quisiera irse para Colombia? Ese municipio estaba en la época de la violencia más grande, yo me fui para allá, luego de que un 9 de abril sacaran al sacerdote anterior a pura piedra”, comenta el Padre Régulo.

Quedó nombrado como nuevo párroco de Colombia y al mismo tiempo administrador de Santana hasta donde llegaba tras recorrer 6 horas a caballo. “A Colombia todavía no entraba carro, iba en chiva hasta la vereda Carrasposo y de ahí pasaba a caballo o a tun tun el famoso río Ambicá”.

A su llegada encontró que la violencia política seguía en todo su ímpetu. Los liberales enfrentados con los conservadores tenían al pueblo dividido, del templo para arriba era la zona liberal, del templo para abajo era la zona conservadora.

“Los ‘pájaros’ se instituyeron en una vereda perteneciente al Tolima pero cerquita de Colombia. La primera mortandad que me tocó recoger fueron 15 personas de una vereda conservadora, los cuerpos había que recogerlos con palas, los quemaban. A los 8 días, otro siete muertos en San Antonio, vereda liberal. A los 15 días, quince muertos en Boquerón vereda conservadora, inclusive yo allá había puesto la imagen de la Virgen y la volvieron nada a puros tiros. La última mortandad fue en la Legiosa vereda liberal donde mataron a 42 personas en pleno día”, narra el sacerdote.

El telegrama de Monseñor no se hizo esperar. “Véngase con todo”, le escribió. Para él fue duro dejar sola a la gente de esa región cuando sentía que más lo necesitaban, pero acató la orden. La despedida tras cerca de tres años de convivir con la muerte en las narices, le sacó varias lágrimas.

 

Fundador y rector de colegio en Isnos

El padre Régulo Pérez fue nombrado entonces Párroco de El Altico en Neiva, donde estuvo cuatro años, y luego le encargaron la Parroquia de Oporapa volviendo a las travesías de pasar el río en un bote cautivo y largos recorridos a pie porque no había forma de viajar en carro.

Salió después nombrado para Timaná donde administró Naranjal, y de ahí pasó como Párroco de San José de Isnos a suceder al famoso Padre Monar. Estando allí hizo construir la casa cural y fundó junto con el Alcalde y un profesor el colegio San José de Isnos que ahora lleva el nombre de José Eustacio Rivera, del cual también fue rector por varios años.

Pasó después a administrar la catedral de Garzón y luego estuvo en el municipio de Santa María durante 7 años siendo además rector del colegio parroquial. De allí lo llamaron a administrar un programa social a Baraya, y enviado luego a Iquira con la oportunidad de cuidar a sus ancianos padres. Tras darles sepultura eclesiástica fue nombrado para Palermo por 20 años, hasta que Monseñor Darío Molina lo movió para Yaguará, donde completó sus bodas de oro con el sacerdocio.

Con 75 años de edad, el derecho canónico le obligó a renunciar al cargo. Sin embargo en la Diócesis no le aceptaron la renuncia y fue enviado de nuevo a Iquira, donde estuvo siete años. Ahora continúa, como lo viene haciendo desde hace 4 años, prestando sus servicios como Padre ayudante en la Parroquia Santa María de la Paz.

 

Fundó el colegio San José de Isnos que ahora lleva el nombre de José Eustacio Rivera, del cual también fue rector por varios años.

Los enfermos primero

Para él es de gran satisfacción haber trabajado por 25 años en la educación, y que hoy a sus 91 años de edad su vocación permanezca intacta, y además gozando de buena salud. Disfruta servir sobre todo a los enfermos, por eso cada primera semana de mes les lleva la comunión a sus casas. Su oración preferida es el Santo Rosario, que aconseja se haga bien rezado y ojalá todos los días.

Él y su hermana de 96 años son los únicos vivientes de ocho hermanos. En el ancianato de Iquira hizo construir un pequeño apartamento donde dice, desea ir a pasar con los demás abuelos los últimos años que Dios le conceda de vida. “A ver si el Señor me tiene puestico allá”, enuncia.

La mejor manera de ser buenos cristianos, señala, es como le dijo Nuestro Señor a aquel joven que estaba inquieto por salvarse, “Guarda los mandamientos, y estés en paz con el Señor.  No se despide hasta hacerme su última sugerencia, “sigan orando por nosotros”.

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