¿Cómo andamos nosotros con el amor a los demás? ¿En qué medida lo vivimos frente a los más cercanos: cónyuge, hijos, hermanos, compañeros? ¿Ellos pueden reconocernos por nuestro amor, como auténticos discípulos del Señor?

Padre Elcías Trujillo Núñez

En este Quinto Domingo de Pascua, encontramos a Jesús despidiéndose de sus amigos y heredando el mandamiento nuevo: el Amor. Este es su testamento. Resume en pocas palabras todo lo que les ha dicho a lo largo de tres años. La ley judía tenía más de 600 mandamientos. Jesús les entrega a los suyos un sólo mandamiento: se trata de un amor nuevo, porque se fundamenta en otro motivo y se regula por otra medida que el del Antiguo Testamento. El amor judío se basaba en la esperanza de la recompensa, en la igualdad de la sangre, en la necesidad de la convivencia. El amor cristiano se fundamenta simplemente en que Jesús nos ha amado y no tiene otra medida que el modo en que Jesús nos ha amado: es decir, será sin medida. Este amor no puede brotar sólo del hombre. Un hombre no es capaz de amar así. Un amor tan intenso y de tal calidad sólo puede venir de lo alto. Es un amor que nos ha sido dado. Es Dios entrando en el hombre, amando en el hombre. Es un amor que sin Jesús no sería posible y ni siquiera conocido. Y ese amor verdadero es el distintivo, el único distintivo de los cristianos: “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros “, nos dice Jesús en el Evangelio de hoy.  La distinción del verdadero cristiano está centrada en el amor. Si falta el amor, todo lo que hagamos no sirve de nada. La Iglesia es, por eso, una comunidad de miembros unidos entre sí por el amor. Una Iglesia de los que no se aman, no es una Iglesia de Cristo. Una Iglesia sin amor sería simplemente una gran mentira, una gran farsa. Aquí tal vez a todos nos vendría bien hacer un examen de conciencia y preguntarnos: ¿Cómo andamos nosotros con el amor a los demás? ¿En qué medida lo vivimos frente a los más cercanos: cónyuge, hijos, hermanos, compañeros? ¿Ellos pueden reconocernos por nuestro amor, como auténticos discípulos del Señor?

Creo que a todos nos haría bien renovar nuestro amor mirando a un modelo atrayente, les propongo a María, a quien honramos este mes. Ella es   la llena de gracia, es la llena de amor. María es la mujer llena de amor. Ella vive en plena comunión de amor no sólo con Dios, sino también con los hombres. Así aparece la Virgen desde las primeras escenas del Evangelio. Vive ligada por hondos lazos de amor a personas concretas: a José, a Jesús, a Isabel y Zacarías, a los novios de Caná, a los discípulos de su Hijo. En la Anunciación esta comunión de amor se extiende a la humanidad entera: pues María acepta ser Madre del Mesías, el Salvador de todos los hombres. El Señor estuvo siempre con María. Desde el mismo instante en que ella fue concebida, la llenó de su gracia y de su amor.  Por su actitud, María nos enseña que el amor impulsa a ser solidarios y a compartir. Ella comparte su vida y sus bienes con José. Comparte con Jesús su misión. Con Isabel, sus quehaceres domésticos. Con los novios de Cana, su preocupación. Su amor se ha ido convirtiendo en comunión de vida y de bienes, en comunión de destinos y tareas, en comunión en la alegría y en la aflicción. Por ser Madre, María posee un carisma, un don especial para unir los corazones y abrirlos al amor, para hacernos hermanos. Ella quiere hacernos comprender que toda la felicidad del Evangelio de su Hijo se resume en estas simples palabras: vivir en comunión con Dios y con los demás. Que el amor a María nos lleve a trabajar por un país solidario, centrado en la unidad y en el amor, con ayuda concreta a los que sufren, a los que dependen de nosotros y a los que se acercan a nosotros.

 

 

 

 

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