Padre Elcías Trujillo Núñez

 

Celebramos hoy la festividad de Pentecostés, el día en que nació la Iglesia, el día en que los discípulos son revestidos de la Fuerza de lo Alto. Se terminaron los miedos, las dudas, la tristeza, el encerramiento. Es la hora del Espíritu, es la hora de Dios, es la hora del testimonio. Se abren de par en par las puertas del Reino de Dios para todos. La salvación de Dios ya no es exclusividad de un pueblo, de una raza, de una religión. En el Espíritu de Dios, toda la humanidad es una sola, todos somos constituidos hijos del mismo Padre. La Iglesia se hace católica, universal, abraza a todos, todos pueden entrar en ella. Nada de exclusivismos, nada de sectas. Dios es el Dios de todos. No ha triunfado el mal, ni la cruz. En Pentecostés se realiza el triunfo del bien, de la verdad, del amor, de la vida. Todas las lenguas dispersas de Babel entonan aquí una sinfonía maravillosa de hermandad. Las diferencias ya no son confusión ni enfrentamiento. Maravillosa unidad que respeta la diversidad. Necesita tanto la Iglesia de este Pentecostés permanente del Espíritu, para que salga de sus miedos y deje de encerrarse sobre ella misma. Todavía encontramos en algunos cristianos, falta de fe en la presencia del Espíritu. Pareciera que no hubiera llegado el primer Pentecostés, situación que lleva a caminar muy lentamente al compás del mundo, el mundo real. Sigue anclada en cosas que no son esenciales, en las formas, más que en el fondo. Las formas son pesos históricos humanos que no son permanentes. Cambian, porque el mundo cambia. Y si no nos ponemos en la sintonía de los cambios, corremos el riesgo de quedarnos encerrados en el pasado. Me maravilla el dinamismo de este día de Pentecostés. Me admiro ante la obra del Espíritu. Nuestro Papa Francisco en sintonía con el Espíritu, abre de nuevo las ventanas de la Iglesia permitiendo que entre el aire fresco del Espíritu, sanando este olor a cerrado que se respira en muchos cristianos. Me pregunto ¿Por qué tanto recelo? ¿Por qué tanta condena? ¿Por qué tanto lenguaje duro? Es verdad que la Iglesia no puede cambiar el Evangelio ni acomodarlo a las modas reinantes. Pero tampoco está llamada a ver en todo la maldad. Hay muchas cosas buenas, hay muchos signos del Espíritu en el mundo actual que invitan a la esperanza. Hay mucho trigo en la cizaña. Hacen falta palabras más positivas en nuestras predicaciones, posiciones menos moralistas condenatorias, hace falta el camino de mayor comunión y participación entre todos los que nos llamamos Iglesia. Que venga el Espíritu y nos saque afuera, aunque no nos guste movernos, aunque no sepamos dónde nos llevará. Confiemos en El, en sus dones, en su sabiduría, en la fuerza de su amor. Dejémosle que remueva los cimientos de nuestra comodidad personal y eclesial. Respiremos el aire nuevo y fresco que nos trae su novedad. Dejemos que sea Él el que nos guíe para abrir en nuestras vidas las puertas del amor, del conocimiento profundo que da la fe, de la sabiduría que nos guía y nos hace elegir siempre el bien, esa sabiduría que no está en los libros, sino en el corazón sencillo de las personas humildes. No tengamos miedo, dejémonos llenar de Dios.

 

 

 

 

 

 

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