Jorge Fernando Perdomo

Cuando pensé, como presidente del Club Campestre de Neiva, en ponerle “valor cultural” a una fiesta informal y sin contenido, lo hice incentivado por la alborotada lírica que trae consigo las primeras letras del sanjuanero huilense, que agudizan nuestros sentidos y eriza nuestra piel: “En mi tierra todo es gloria cuando se canta el joropo”.

Pero al parecer, ya no todo es gloria cuando se baila el sanjuanero.

La fiesta sampedrina anual de socios del Campestre era una reunión con música y trago, con el sentido que demanda el afecto con el que se convocan las rumbas de amigos, y en este caso del club, pero sin el contenido que debe tener la reafirmación de nuestra identidad y tradición.

A esa informalidad fiestera y con la aprobación de quienes debían aprobar, le pusimos una formalidad inspirada en la usanza vestuaria que nos amarra un “rabo e gallo” al cuello y nos pone, a los hombres, “una camisa blanca manga larga con pechera bordada, un pantalón oscuro, un sombrero de pindo, un poncho para la cintura y unas alpargatas de fique,  y a las mujeres, una blusa de cuello bandeja adornada con arandelas, encajes y lentejuelas, una falda en satén raso adornada con flores”, de acuerdo con el relato oficial sobre el traje típico opita.

El traje típico del Huila se convirtió, entonces, en el traje de etiqueta para los eventos sampredrinos en el club, un lugar en donde se concentra una parte pequeña de la vida neivana y, la fiesta, en una oportunidad para reafirmar a través de los símbolos impresos un sentido de pertenencia y un origen que se lleva con orgullo.

La fiesta con traje típico era la exaltación de nuestras costumbres y tradiciones a través de lo más importante del jolgorio, el ser humano.

Quitarle la tipicidad que nos caracteriza, la exuberancia que le ha generado el reconocimiento nacional e internacional como uno de los eventos en esta categoría, más bellos y elegantes, no solamente es una afrenta imperdonable a la historia, sino también un error que debe ser corregido, para mantener el reconocimiento logrado en la memoria opita.

Los vientos posmodernistas que priorizan la forma por el fondo y las vicisitudes “millennialistas” que destierran lo pasado, se han impuesto y, ahora, es posible que no “todo sea gloria cuando se canta el joropo”, y cuando se pierde la esencia se corre el riesgo que se termine cantando con Villamil “…pues todo es oropel”.

 

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