Jorge Fernando Perdomo

No es fácil escribir sobre una persona que se ha conocido en su totalidad periodística, en su generosidad como empresario radial, en su simpatía por mis causas que fueron muchas, en su paisanaje nacido en el amor que siempre le profesó a la patria chica que adoptó y en donde lo adoptaron. Y es más difícil aún cuando uno pensaba que la hora para emprender el camino eterno estaba más adentro de este siglo.

Edgar Artunduaga ha muerto, se escuchó en la radio, muy temprano, en la mañana del martes. La misma radio que lo hizo uno de sus predilectos hacedores y habitantes entusiastas del aire, durante casi toda su vida, fue la encargada de propalar una noticia que parecía un fantasma en el mundo noticioso de las primeras horas del día, ese mismo mundo que él ayudaba a construir desde la cabina de su emisora Huila Estéreo.

Su amor por el periodismo, que encontró después de una ligera visita a la docencia, lo convirtió en un comunicador total. Estuvo en la radio, en la televisión, en la prensa, en revistas, en programas de realidad y ficción, fue carga-ladrillos en el cubrimiento de una fuente de la cual se hizo protagonista, tiempo después, la política. De cubrir el congreso pasó a congresista y de locutor y reportero a director y propietario. En su pasión lo hizo todo.

Después de considerar que era la hora del retorno, regresó al Huila y convirtió sus tres emisoras en una cadena regional con sus permanentes aportes, gracias a su cerebro en permanente movimiento, que le permitieron, rápidamente, cautivar a una audiencia que lo seguía, cotidianamente.

En la defensa de la libre expresión, Edgar Artunduaga, no claudicó. Por eso, su periodismo tuvo polémica y suscitaba controversia. Era firme en lo que pensaba sobre el deber ser en los asuntos públicos. Sabía para qué sirve una buena voz en la radio, que la tenía, y con ella y su locuacidad creaba una aureola de autoridad que, a veces, era imponente, y otras, cálido y afable.

Cuando escribía, leíamos al hombre mordaz, punzante, sarcástico e irónico. Edgar, era directo y no se iba por las ramas. Tal vez, esa dramaturgia con la que ponía en escena sus ideas y pensamientos, no caían bien en una sociedad que ha soportado su permanencia en los andamiajes en donde se sube la hipocresía.

A Edgar Artunduaga se le quería o se le detestaba. Es el precio que hay que pagar cuando el periodista se enfrenta a la realidad, esa que no tiene metáforas, ni pasajes fantasiosos.

El Huila, perdió a un periodista que brilló en Colombia, que abrió las puertas a nuevas generaciones, que contribuyó a la industria radial y que deja un testimonio para la historia.

 

 

Comentarios

comentarios