Dayana Méndez Aristizábal

 

¿No les parece una brutalidad este título? Pues así de brutal es nuestra realidad. Esto sucedió entre los meses de enero y abril de este año según Medicina Legal, quien también afirmó que en ese lapso de tiempo fueron asesinadas 33 niñas. Es decir que cada día en Colombia violan a 55 niñas, y cada 3 días una es asesinada. Esto es algo frente a lo cual no podemos perder la capacidad de asombro. Colombia además de arrastrar con una historia de Conflicto armado, carga con una historia de violencia contra las niñas y las mujeres y ello refleja el tipo de sociedad en el que vivimos y que diariamente construimos.

Estas cifras salieron a la opinión pública hace unos días por parte de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (Limpal Colombia) y pasaron un poco sin pena ni gloria, no tuvieron mucho impacto; ni social ni político. Hemos aprendido a ver con una aterradora naturalidad estos hechos y es inaceptable que siga siendo así, y no podemos creernos el cuento de que pedir cadena perpetua para los violadores es la solución a este horroroso panorama. Hace falta mucho más que eso para destruir toda esa estructura machista y misógina que nos carcome.

Casi que involuntariamente lo primero que viene a nuestras mentes al leer cosas como estas es decirles a las niñas que se cuiden, que este mundo es muy peligroso para ellas, pero, ¿qué hay más allá de eso? Por qué en lugar de pasarnos la vida diciéndole a las niñas y a las mujeres que se cuiden y se defiendan, no les decimos a los niños y a los hombres que no agredan, que respeten y que ¡NO! Violen. Se ha normalizado de tal manera que los cuerpos de las niñas y las mujeres son de libre disposición de los hombres, que aún después de agredidas, se les responsabiliza de lo que les pasó. Hay una presunción absoluta de que algo habrá hecho para que la violarán, “seguro andaría provocando”.

Esto hace imposible que las mujeres denuncien y que las niñas se sientan en un espacio seguro para contar lo que les ha sucedido porque sencillamente nadie les va a creer; en la mayoría de los casos el violador es alguien cercano a la familia, o un familiar. Nos hemos detenido a pensar que si estas son las cifras de quienes denuncian, ¿cuántas serán en realidad sumando las que aun no dicen o nunca dijeron nada por miedo? Hay una complicidad social que coexiste con la impunidad jurídica; estos patrones de prejuicios y señalamientos también se reproducen en las instituciones judiciales, instituciones que son administradas por personas de esta misma sociedad que también necesitan ser educadas.

Esto tiene que cambiar, la sociedad y el Estado tienen que hacerse cargo de este horror, estos no son casos aislados, esto corresponde a un sistema estructural que justifica la violencia contra las niñas y las mujeres y que tiene que acabarse. No podemos hablar de paz y de justicia si no damos la cara a este flagelo.

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