Cecilia López Montaño

Es parte del conocimiento generalizado en el país la existencia de las serias limitaciones que enfrenta el crecimiento económico actualmente. También se acepta que esta situación en gran parte obedece a la obstinación de seguir dependiendo de sectores primarios especialmente extractivos, en los cuales no tenemos ninguna capacidad de influir en sus precios en los mercados mundiales. Se sabe que cuando en estos productos hay bonanza en los mercados mundiales a Colombia le va bien y cuando sucede lo contrario le va mal. Ese es el sube y baja que se ha acentuado en las últimas décadas gracias a la dependencia del país del petróleo y a la volatilidad de sus precios. Pero lo grave es que pareciera que no se ha aprendido la lección básica cuando se vive en esa incertidumbre sobre el futuro: ahorrar en las vacas gordas para gastar en las vacas flacas.

La pregunta obvia es por qué si esta realidad se conoce y si se han sufrido sus costos al despilfarrar sus beneficios, nada cambia. No hay realmente voces que demanden la necesidad de construir aquella base productiva con los sectores de la economía por las cuales el país se beneficie de actividades en donde hay evidentes ventajas comparativas y que además, permite, resolver las barreras que han impedido su crecimiento. Pero no. El país sigue detrás del petróleo y ahora en vista de los rendimientos decrecientes de las reservas, se aboga enfáticamente por el fracking para poder seguir dependiendo del petróleo. Solo una pregunta para quienes defienden esta forma de explotación de aquel recurso energético: con el fracking nos convertiremos en una potencia como para influir en los precios internacionales? Casi que con seguridad se podría afirmar que la respuesta es negativa si se compara por ejemplo Colombia con el potencial de Estados Unidos en este tipo de explotación. O sea, como diría un gomelo, tanta pelea para seguir en las mismas.

Este poco interés en darle un viraje a la producción nacional pude encontrar la primera respuesta en la historia de la economía del país: Colombia ha disfrutado de bonanzas y sencillamente se acostumbró a vivir así. Varias bonanzas cafeteras empujaron la economía colombiana en el siglo XX con efectos redistributivos importantes; la coca con todo el terrible daño que le causa al país y últimamente el petróleo, han generado periodos de dinámica económica, que con excepción del drama subestimado de la droga, en general han sido relativamente bien manejados. Lo dijo el expresidente López hace ya un buen tiempo. Basta recordar cuando el barril de petróleo llegó a los $100 dólares, se lograron crecimientos de la economía muy superiores al 4% que ha sido el promedio histórico.

Pero la razón más preocupante de llegarse a comprobar es que la causa del poco interés en este tema reside en razones ideológicas que impidan que se de este análisis. Es evidente que en el sector rural es donde están posibilidades reales de acelerar el crecimiento, de impulsar la agroindustria, de reducir la profunda brecha rural urbana, y de lograr la paz estable. El problema está en que este debate y este nuevo foco de desarrollo pasa por la tierra cuya concentración es del 0.9, una de las más altas del mundo, por la necesidad de erradicar el feudalismo que está centrado en lo rural y que exige romper el vínculo entre tierra y poder económico y político. Descartar la reforma rural integral y proponer como fuentes de cambio el modelo de desarrollo de la economía naranja y el turismo, es ignorar la poca capacidad que estas actividades tienen así supliquen su importancia, para sustituir el petróleo.

Una conclusión es que independientemente de las explicaciones posibles, es cada vez más evidente que quienes manejan las decisiones en el país no están convencidos de la necesidad de cambiar significativamente el modelo de desarrollo y por lo tanto, no muestran un verdadero interés en este tema. Obviamente se han beneficiado de sus resultados y saben que un viraje, así beneficie a muchos, les puede salir caro. Muy triste.

 

 

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