Otoniel Parra

Otoniel Parra Trujillo

A las once de la noche, hoy hace tres meses, dejó de latir el corazón de mi hermano José Orlando. Fuerte, como los robles de “Brisas”, finca de mis abuelos, donde abrió los ojos a la luz primera y vio apagarse el último lucero. Ocupando el vientre de mi madre estuvo, al pasar un año, de mi nacimiento; y yo lo esperé con los brazos abiertos. Unidos sufrimos iniciales golpes y emprendimos juntos los primeros pasos. En briosos caballos, de crines al viento, plenos de ilusiones volamos montañas, cruzamos abismos, caminos y esteros. Compartimos Juntos, de niños los sueños, las noches de frío, los días inciertos. Salimos del campo, para ir a la escuela; la Rojas Garrido, donde el fiel hermano, chiquillo y travieso, enfrentó lo retos y asumió los riesgos. No sintió por nada ni por nadie miedos. Y los que conmigo problemas tuvieran, siempre los cobraba saliendo al recreo.  Con aguda chispa de sonoro acento, convertía silencios, transformaba cuentos. Al San Luis Gonzaga, en La Mesa de Elías, ingresamos juntos un día de invierno. Y el Simón Bolívar, de Garzón lo hizo, bachiller eximio, y un basquetbolista de atinado sesto. Oficial de la Policía Nacional, fué brillante Capitán en  Bogotá, Cartagena y Barranquilla. Abogado especialista de mejor promedio, caballista y también cafetero, mi hermano del alma se ha ido, tras la fértil cosecha de lo eterno. Todo fue de prisa; llegó al hospital muy tranquilo, y en cuatro semanas, como se desploman hoy los edificios, murió su organismo. Todos sus hermanos tomamos sus manos, y en medio de todos, se escapó en silencio, sin queja en su rostro, sin llanto en sus ojos. Hoy que no lo tengo, lo llevo conmigo, y aún lloro en silencio, por el ángel niño, que me protegiera saliendo al recreo.  Por los cafetales de “Brisas” se escuchan sus cantos, a los compañeros y amigos que ignoran, que mi hermano Orlando se nos fue temprano.  A ellos y a todos, los que con cariño nos acompañaron, mil gracias les damos, por esos sentidos y estrechos abrazos. Con mis hermanos Emiro, Genoveva, Simón, Oliva, Rodrigo, Buenaventura y José Lizardo. A Dency su esposa,  Simón Orlando, Isabel, Yaneth y Leydi sus hijos, Dios les de consuelo. A médicos y auxiliares; al Presidente Duque por su voz de aliento; y al Señor eterno, que sentó a mi hermano, en la mesa de los ángeles del cielo.

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