Jorge Guebely

Hemos estado inmerso en la violencia política desde el nacimiento de la República; sumidos en sus vaivenes, pero siempre presas del mismo terror. Violencia verbal: mentiras, injurias, calumnias, descalificaciones, para destruir al contrincante o promover su asesinato. Violencia armada de grupos legales o ilegales, de derecha o de izquierda. Pagamos caro la mala suerte de persistir en la barbarie donde “…asesinar a su semejante es una condición normal de la existencia” predicaba Martin Luther King.

Mala suerte de padecer el capitalismo salvaje donde todo vale con tal de conseguir dinero. Cultura que rebaja la política al estatus de negocio brutal con fondos del Estado; de mercado con mercaderes de campañas, con políticos de profesión y con grupos armados. Negociantes caníbales donde esquilmar es la única virtud para el éxito. Constructores del odio porque “El odio nace cuando los príncipes roban…” según Maquiavelo.

El mismo canibalismo de países más “democráticos”. Lo padece Inglaterra polarizada por la voracidad de dos poderosos capitales y Estados Unidos que conflictúa comercialmente con China y con el mundo entero. La misma moral de grandes y pequeñas guerras que, legales o ilegales, actúan como mafias. –Suele suceder que, para un pueblo, un terrorista es menos peligroso que un senador-. El mismo engranaje que procrea personajes anfibios: diestros en política y en delincuencia humana. Políticos sin interés por la vida de las personas, pero interesados en el beneficio del más réprobo.

Y mientras exista el capitalismo salvaje, versión colombiana tercermundista, tendremos políticos y guerreros salvajes, dos caras de la misma moneda. Héroes bárbaros que construyen sus estatuas sobre la miseria generalizada, mercaderes violentos dispuestos al desbarajuste con fines lucrativos. A través de ellos, se construyen las permanentes confrontaciones, negocios con buenos dividendos, poco importan las calamidades de los colombianos.

Nos salva el rápido envejecimiento del capitalismo. 200 años han sido suficientes para develar su poder brutal e inhumano. Ya muchos colombianos desaprueban la violencia política o militar, incluyendo a los uribistas de base. Ya Uribe, como Trump, es abucheado, cada vez más, en plazas públicas. Crece la conciencia ciudadana y, con ella, la esperanza. Un nivel más alto de conocimiento social podría gestar políticas y políticos con sentido humano. Basta hoy un voto contra los pendencieros del verbo y las armas, contra los negociantes del voto y los empresarios electorales. Superaríamos un poco la afirmación de Einstein cuando decía que la vida estaba en peligro “No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”.

jguebelyo@gmail.com

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