Froilán Casas Ortiz

¡Ah, si supiéramos callar, cuánto ganaríamos! Infortunadamente no se aprende de la experiencia. Cometer errores, pudiéramos decir, es “normal”, cometer los mismos errores o, es falta de inteligencia o, una soberbia sin la misma. Hay gente que no aprende de la experiencia, tercos como mulas, ¡qué horror! Uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras. Dios habla en el silencio, esas religiones llenas de ruido no hacen otra cosa que distraer la mente de los verdaderos problemas, se convierten en religiones placebos ante la realidad de la vida. Es como que quien dice, seguir la política del avestruz que, para “escaparse” del enemigo, mete su cabeza en la arena para no verlo. El verbo admirar se vuelve sinfonía en la contemplación de la belleza. Sólo el silencio permite a la mente tener la capacidad de admirar. Hay algunas cosas demasiado bellas para poderlas describir con palabras. Se necesitan pocas palabras para expresar lo esencial. El silencio con frecuencia es más revelador que un río de palabras. El amor de una madre descubre la necesidad del hijo sin que él le hable. Creo que la sabia naturaleza nos dio una sola lengua y dos orejas para que escuchemos más y hablemos menos. Es propio de las mentes grandes hacer entender muchas cosas con pocas palabras. Los espíritus pequeños, por el contrario, tienen el don de hablar mucho y no decir nada. Para que el ser humano aprenda a hablar solo hacen falta dos años; para aprender a callar … toda una vida. La sabiduría popular nos dice: el que mucho habla, mucho yerra. El ruido del mundo de hoy no nos deja encontramos con el otro, eh ahí por qué el hombre de hoy vive en tan terrible soledad. Imagínate amigo lector, cómo sería la sociedad del siglo dieciséis en términos de ruido comparada con la de hoy, cuando tu vecino te impone la música y te amarga la vida, además, tienes que aguantártelo, ¿ante quién te quejas? Y, ¿el código de Policía? Mira lo que nos dice fray Luis de León hace ya quinientos años: “¡Qué descansada vida la que huye del mundanal ruido y, sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!”. Qué sabias palabras, ¿verdad? A mucho ruido pocas nueces. Nos dice el hermoso poema, Desiderata: “Esquiva a las personas ruidosas y agresivas pues son un fastidio para el espíritu”. Qué hermosa la vida bucólica, la vida de la campiña, allí puedes escuchar la sinfonía de la naturaleza, el concierto de las aves y el silencio de los bosques. Santa Teresa de Ávila nos dice: “Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. Recuerda que el silencio es el vientre de donde salen los sabios. El silencio es la atmósfera que el amor necesita para que tu alma brille; el silencio es dadivoso cuando   el interior arde de amor. Es posible que por andar tan rápido se te olvidó vivir. El ruido es un mecanismo de evasión a tus problemas; en el silencio, encontrarás la solución.

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