Alexander Molina Guzmán

“De qué me hablas viejo”. Esta fue la respuesta del presidente Duque a un periodista que le preguntó sobre el bombardeo militar que ocurrió en el Caquetá hace más de un mes, en el cual murió alias “Gildardo Chucho” y otras trece personas; entre las víctimas, ocho menores de edad. Pero no supimos de la muerte de los menores sino en medio del debate de moción de censura que adelantó el senador Roy Barreras en el Senado de la República contra el Ministro de Defensa. La información de la muerte de los menores había sido ocultada, la moción de censura ya era un hecho y por eso Guillermo Botero renunció como ministro de defensa; renuncia que estaba demorada, pues el exministro Botero ya había “trastabillado” en el asesinato del indígena Flower Yaín Trompeta Paví, anteriormente en el asesinato del desmovilizado Dimar Torres, ocultando información, y criminalizando la protesta social.

Y esa frase del impostado presidente que tenemos, ya hace parte de la política metrosexual que se ha impuesto. Una política que banaliza los intereses de la gente “común y corriente”, que le resta importancia a la forma precaria como viven…y como mueren. La política metrosexual que se ha impuesto, por supuesto, es la urbana, en donde la ruralidad cobra importancia sólo para ir a conseguir votos, saquear los recursos públicos, hacer de la miseria un negocio y luego esconder esa “realidad exótica” con frases como esas, “de qué me hablas viejo”.

Esa política metrosexual es la que se preocupa por la imagen y forma de las cosas para maquillar muy bien el contenido oscuro que quiere esconder. Es la que anda bien vestidita, atildadita, anda a la moda, y su mundo es el de los negocios políticos y empresariales que permite llevar una vida ostentosa en medio de la pobreza y miseria que esa misma política genera.

La política metrosexual no tiene identidad de género, ni preferencias sexuales, es promiscua porque lo importante son los negocios socio; es una política vendida y revendida al mejor postor; es una política mundana, en la cual lo sacro, lo espiritual, es utilizado para aparentar lo que no se es, para maquillar muy bien la maldad que lleva dentro.

La política metrosexual es la que se camufla muy bien para tomarse por asalto el poder público y gestionar sus intereses de clase, y desde ese poder le encanta ser adorada, exaltada, premiada. Es el terreno de lo “políticamente correcto” en donde las opiniones contrarias, la crítica distinta, es perseguida y criminalizada porque no está “en el lado correcto de la historia”.

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