Ana Graciela Picón y Eder Cerquera, perdieron al menor de sus hijos en la reciente masacre en el Cauca.

En la que fuera su lugar de residencia, en el barrio El Centro de Palermo, Huila, quedaron los anhelos y esfuerzos de un joven y su familia por forjarse un futuro, al caer víctima de una masacre el pasado 31 de octubre en el norte del departamento del Cauca, cuando adelantaba trabajos de topografía.

Diego Alejandro, de 21 años, era el menor de los cuatro hijos de Ana Graciela Picón y Eder Cerquera. Aprendió las primeras letras en el colegio San Juan Bosco, de Palermo donde luego se graduó de bachiller técnico en el año 2014. Fue allí en que empezó a sentir un fuerte interés por la mecatrónica y participó en varias ferias y eventos relativos.

Estudiaba noveno semestre de Ingeniería Industrial en la Corporación Universitaria del Huila, Corhuila, y a la par adelantaba una tecnología en el Sena. Diego había logrado sostener una rutina con sus estudios. De lunes a viernes tomaba a las 5 de la mañana la ruta del bus que lo traía a Neiva para iniciar clases a las 6  hasta el mediodía, y se regresaba a Palermo a almorzar. De nuevo a las 5 de la tarde arrancaba en el bus hacia la capital huilense para asistir a clases en la universidad, y volvía a su pueblo a las 11 de la noche. El esfuerzo valía la pena, pues se destacaba por ser muy estudioso y ´pilo’.

El próximo semestre, el joven debía realizar las pasantías del Sena y había pasado entonces su hoja de vida a varias empresas. Incluso rechazó ofertas porque no le pagaban y quería al menos costearse los pasajes, aunque nunca le faltaba la ayuda incondicional de sus padres.

Un amigo del Sena le recomendó se presentara a la empresa Stock Gestión Integral SAS. Sin dudarlo, Diego Alejandro aplicó a la entrevista y se realizó los exámenes médicos pertinentes que le permitieron que finalmente fuera seleccionado. “Él estaba muy contento porque ahí iba a manejar drones, que era algo que ya sabía programar y entendía bien de eso”, mencionó su madre.

 

Camino a un infierno

Al segundo día de haber empezado a laborar, el martes 29 de octubre, Diego llegó a casa con una noticia para sus padres, lo enviarían al día siguiente en una comisión para la ciudad de Cali, a realizar una topografía con la instalación de drones, algo que no demoraría más de un par de días.

“Me dijo mami, toca hacer el trabajo de campo y no es aquí en el Huila, nos vamos para Cali. Él nunca había viajado solo, las veces que lo había hecho fue con nosotros su familia. Yo entonces me preocupé enseguida. Mi otro hijo me dijo mami déjelo que aprenda a volar. Cuando pasó lo que pasó yo dije, si ve porque el presentimiento de una mamá no puede refrenarlo, porque desde que él me dijo que iba para Cali yo sentí que algo me decía, no lo deje ir”, comenta Graciela.

Entusiasmado, Diego salió rumbo a Cali la tarde del miércoles 30 de octubre en una camioneta conducida por Roosevelt Saavedra Solarte. En el camino, el joven palermuno se iba tomando fotos y las enviaba por watsap a su mamá.

Cuando llegó a la capital caleña en la noche le avisó a su mamá desde el hotel. “Le dije bueno papá, Dios te bendiga, descansa, duerme plácidamente”. Al otro día, el jueves 31 de octubre a las 7 de la mañana Diego le escribió un mensaje diciéndole que el trabajo era en El Palo, Cauca, a más o menos una hora de la ciudad.

“Al rato me dice mami ya llegué, y me envía su ubicación. Fue lo último que me escribió, no volvimos a tener más comunicación con él. Yo le envié un devocional a las 9 de la mañana, como lo hacía todos los días, pero a medida que transcurrían los minutos me di cuenta que él no lo había visto, me preocupé, pero pensé que estaría ocupado”.

Durante todo el resto de ese día, Ana Graciela, su esposo y demás hijos estuvieron enviando mensajes y timbrando al celular de Diego pero no obtuvieron respuesta. A veces el aparato sonaba apagado, y en otras solo timbraba, y el pasar de las horas trajo una inmensa zozobra para la familia.

Sobre las 10 de la noche, don Eder recibió una llamada de su cuñado. Le avisó que por internet habían visto una información de una masacre en el Cauca y que aparecía el número de cédula de Diego Alejandro. Todos se alarmaron y acudieron a la Policía Nacional para verificar tal cosa y confirmaron la trágica realidad, el nombre de su hijo aparecía entre las víctimas de este hecho.

“De ahí en adelante el infierno es grande, el dolor que se ha sentido por la pérdida de mi muchacho es inmenso. Él aquí ni los fines de semana salía, era muy amante a ver series de Netflix con los amigos, eso y estudiar era lo que hacía. Él era el niño de la casa, todo mundo estaba pendiente de él, de lo que necesitara. El primer trabajo que consigue y con esa ilusión, emoción con que iba a empezar a trabajar porque iba a generar ingresos. La felicidad se le veía en los ojitos, pero mire. Fue muy injusto lo que esa gente hizo con mi hijo, que lo hayan acabado tan vilmente”.

Los sueños de Diego Alejandro fueron truncados por la violencia en una tierra donde predominan grupos armados al margen de la ley.

Segunda masacre

En la tarde de aquel jueves, pobladores encontraron los cuerpos de cuatro hombres en la vereda Santa Elena, a 20 minutos del casco urbano de Corinto.

Según versiones, cuando Diego Alejandro y sus tres compañeros estaban haciendo las mediciones de terreno en esta zona, valiéndose de la ayuda de drones, hombres armados aparecieron, los hicieron poner bocabajo, para luego dispararles a sangre fría. Una de las víctimas presentaba heridas con machete. Después de eso, trasladaron sus cadáveres en una camioneta a una zanja, donde los arrojaron y fueron encontrados horas más tarde. Investigadores revisan una hipótesis sobre que a las víctimas las pudieron haber relacionado con tareas de inteligencia de la Fuerza Pública.

El joven huilense tenía las manos atadas, y sin los zapatos tipo botas que hacía unos 15 días había comprado. Presentaba entre 4 y 5 impactos de bala en el pecho, la cabeza y las extremidades inferiores, además de contusiones en la cara, signos de posible tortura. El levantamiento del cuerpo de Diego fue realizado por la Fiscalía y trasladado a Medicina Legal en Palmira. El celular ni el computador portátil con los que viajó el joven opita aparecieron.

Pocos días antes en ese mismo sector había ocurrido el asesinato de cinco miembros de un resguardo indígena, perpetrado por disidencias de las Farc.

La empresa para la que laboraba Diego, había sido contratada por la Fundación Desarrollo de las Ingenierías y las Ciencias de la Salud para la Proyección Social (Fundispros) con sede en la ciudad de Neiva.

Fundispros desarrolla diversidad de proyectos en Huila con la Gobernación y algunos municipios, como también en otros departamentos. Su eje principal son los proyectos de ingeniería, arquitectura y consultoría relacionada con agricultura y riego. El padre del joven asesinado, asegura que, esta fundación, fue a su vez, contratada por la Agencia de Desarrollo Rural, ADR.

Las otras víctimas que murieron junto a Diego Alejandro son Roosevelt Saavedra, Carlos Mario López y Diego Rodríguez Torres, oriundos del departamento del Valle de Cauca.

Era la primera vez que el joven huilense hacía trabajo de campo.

“Merecemos una aclaración”

La vida de esta familia palermuna cambió de un momento a otro. Con hondo dolor, lamentan no haber logrado advertir a su hijo del peligro.

“Mi hijo nos manifestó que iba para Cali, donde él me mencione que iba para ese sector de Cauca obvio que le digo que no se vaya. El jefe inmediato de la empresa donde laboraba nos aseguró que tampoco sabía que los mandaban para allá, entonces ¿quién dio la orden de desplazarse a ese sector? Una entidad del Estado contrató a una fundación y esta contrató estudios de topografía a la empresa en la que había iniciado a trabajar mi hijo, según me informó su jefe. Por qué sin ninguna seguridad y sin ningún protocolo los desplazaron a estos sectores donde el orden público es bastante delicado, y más cuando van a manejar este tipo de instrumentos como son los drones que llaman la atención”, expresó Eder Cerquera.

El padre añadió, “el miércoles en la noche hablé con él por celular y le envié una recarga para que se estuviera comunicando con nosotros. Hasta ese entonces no nos comentó que debían salir hacia el Cauca. Lo hubiera prevenido para que no realizara ese desplazamiento, pues sabía que dos días antes se había presentado una masacre por ese sector”.

Indicó que él y su familia merecen una aclaración por parte del Estado como de los contratantes de su hijo, quien próximamente recibiría grado como ingeniero. “Al Gobierno no les importa el dolor del pueblo, no tienen ese sentir que pasan diferentes familias, no les brinda garantías a esta juventud para que puedan cumplir sus ideales, humildemente pero con esfuerzo y trabajo hemos profesionalizado a nuestros hijos, él era el tercero que saldría profesional de la Corhuila y el más inquieto porque no se conformó con estudiar una sola carrera sino que continuó otra en el Sena y con ilusiones de más. La ola de violencia debe detenerse para que tengamos un mejor vivir”, mencionó Eder.

Destacó que la visión del menor de sus hijos era grande, incluso de retomar proyectos industriales y empresariales. Su padre es socio fundador de la fábrica Chocolate Campesino y Diego estaba adelantando un proyecto de transformación de la materia prima, enfocado en esta empresa. “Él era un líder, era brillante, un muchacho estudioso, dedicado, carismático, paciente”.

Eder Cerquera cumplirá este mes 55 años de edad, una fecha en la que recuerda con especial cariño a su hijo Diego porque siempre le daba un detalle así fuera muy mínimo, pero con esfuerzo, nunca pasaba por alto el cumpleaños de su padre. “Una vez se puso a vender churros para comprarme de regalo unos pañuelos”, dice el acongojado padre.

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