Dayana Méndez Aristizábal

Según la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), Colombia es uno de los países con mayor desigualdad social y económica de América Latina. Según el DANE (Departamento Nacional de Estadística) hay 9.70 millones de personas en pobreza multidimensional en Colombia; es decir, que por un lado no tienen cubiertas sus necesidades básicas tipo salud, alimentación, vivienda, servicios públicos etc; y que por otro, tampoco tienen ingresos económicos suficientes para suplir esas necesidades, que sus ingresos están bajo la línea de pobreza que para el DANE son $257.433 (75 USD aprox); es decir que en Colombia quienes ganan mensualmente más de $257.433, no son considerados pobres, así que ya podemos hacer cuentas de cuáles son las cifras reales de pobreza en este país.  El gobierno nacional está promoviendo una reforma laboral que no da solución a estos problemas y que lo que hace es generar condiciones laborales más precarias y que van de la mano con una reforma pensional en la que también vienen trabajando y no precisamente para mejorar la situación de los trabajadores en Colombia.

Pero además, el gobierno de Ivan Duque ha venido promoviendo políticas abiertamente contrarias a la protección medioambiental y muy cuestionadas como el fracking y la regulación sobre la venta de las aletas de tiburón. Según la ONG inglesa Global Witness, Colombia es el segundo país en el mundo donde más se asesinan líderes ambientales. Esto nos lleva a recordar que en lo que va de este año, -hasta septiembre 11 según lo declarado por Indepaz- 155 líderes sociales y defensores de Derechos Humanos han sido asesinados y el gobierno nacional no ha hecho absolutamente nada por detener este exabrupto, convirtiéndose en cómplice, mientras los asesinatos se siguen cometiendo en total impunidad.

Si todo lo anterior no es suficiente, hay una razón por la que cualquier persona con un mínimo de empatía debería solidarizarse con el paro del 21 de noviembre. No podemos permitir que las fuerzas militares del Estado se comporten como vulgares mercenarios atacando a niños y niñas, bombardeándolos y persiguiéndolos con drones y perros para rematarlos, al mejor estilo de cualquier película de terror. Niños y niñas que además de ser reclutados por la fuerza para intervenir en esta guerra absurda, son hijos e hijas de familias rurales, personas pobres, que viven en esa Colombia olvidada e ignorada a la que muchos de nosotros pertenecemos y que finalmente, es con quienes se hace la guerra, de uno y otro bando.

No podemos retroceder en un proceso de paz que tanto nos ha costado. Tenemos que salir a las calles a defender lo que hemos conseguido, a demostrar que el pueblo es mucho más grande y poderoso que aquellos que quieren mantener a Colombia hundida en la miseria y en la guerra. Que no nos digan que no tenemos razones y que esto es manipulación, seguro que en este momento usted tiene muchas más razones que las que acabo de escribir, e incluso yo misma, que no puedo escribirlas por temas de espacio, pero eso está claro, las razones nos sobran.

La protesta y la movilización social tienen que ser nuestras herramientas, salgamos por la memoria de quienes ya no están y de quienes no pueden estar; hace rato aprendimos que los derechos los ganamos y los defendemos en las calles. Que esta no sea la excepción. ¡En las calles nos vemos!

 

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