Por: Fermín Beltrán Barragán

Según la FAO, “el hambre es una sensación física incómoda o dolorosa, causada por un consumo insuficiente de energía alimentaria. Se vuelve crónica cuando la persona no consume una cantidad suficiente de calorías de forma regular para llevar una vida normal, activa y saludable.”

Es impresionante que alrededor de mil millones de personas pasen hambre, en un mundo que se precia de haber alcanzado los albores de la gran revolución de los datos, del diseño, de la automatización industrial y de la biotecnología. Es como si el bufón se asomara al escenario de grandeza de los hombres gritando, “…mentira, aún somos muy pequeños, el hambre todavía está con nosotros.”.

Es probable que haya muchos escenarios de discusión, en ciertas ciudades se desperdicia la comida, en otros lugares no llega siquiera el agua, la población ha crecido de manera abrumadora, hay tierras que se han vuelto infértiles, fuentes hídricas que se han contaminado, agricultura de alta tecnología y agricultura artesanal, seres humanos enérgicos, otros que ya no quieren trabajar. Hemos hecho de este mundo un paraíso que se percibe como desigual, caótico, multiforme, multisituacional.

Nos ha quedado grande resolver el problema del hambre en la era de los robots y las naves ultrasónicas. Somos casi dioses, pero las necesidades demasiado humanas nos atan a la tierra. Imaginemos un niño con los ojos desorbitados por ver un cohete espacial desprenderse del planeta, pero a la vez con el estómago vacío y sus músculos débiles “mamá, vi un cohete cruzar el espacio, si tuviera qué comer pensaría en hacer uno”.

¿Será que no somos del todo buenos seres humanos? Preferimos acumular a compartir, pensemos en la comida que nos sobra y que malgastamos en las cestas de basura, quizá alguien daría la vida por llevarla a la boca de su hermano que se debilita en los estertores de la debilidad. En Neiva, conozco muchos casos de hambre, personas que durante un fin de semana solo toman agua de la llave y se duermen para olvidar la necesidad de comer. ¡Increíble que esto ocurra tan cerca!

Conjugar el desarrollo tecnológico con las necesidades básicas de los humanos es un imperativo categórico, es un presupuesto de supervivencia, es pensar en lo importante para la vida y para la felicidad. Tenemos la tarea impostergable de revisar el camino, Yuval Harari dice que no se puede parar la revolución tecnológica, estoy de acuerdo, jugamos a fabricar el universo; pero no podemos dejar de lado la responsabilidad con el otro, la necesidad de que también viva y pueda alimentarse con dignidad.

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