Cecilia López Montaño

La gran mayoría de los colombianos queremos vivir en paz, sin agresiones pero sí con debates civilizados donde se respeten las diferencias. Por ello deberíamos plantearnos un reto que no es nada fácil: dejar que los insultos solo vengan del uribismo, del Centro Democrático para ser precisos. No hay columnista que se exprese con puntos que difieran de los que lideran estos personajes, que no se vea expuesto a los más duros insultos, además de las calumnias sobre su vida profesional e inclusive personal. La tentación es contestarles con la misma agresividad además con todos esos argumentos que tumban sus ideas beligerantes. Pero si queremos que este país se convierta en una sociedad democrática y en paz, es necesario vencer esta tentación.

Nada molesta más a quienes buscan torearnos que la indiferencia y esta actitud puede lograr lo que hasta ahora no se ha conseguido: aislarlos, dejarlos solos en su rabia, en su agresividad, en ese deseo explícito de volver a la guerra que empieza con la palabra y termina con las armas. Es fundamental por el bien del país y por la seguridad y salud mental de gran parte de esta sociedad, que este tipo de comportamiento sienta la no aceptación por parte de muchos de los que tienen voz.

Después de lograr aislarlos no respondiendo a sus agresiones, viene la construcción de lo positivo, de lo que sí permite que quienes nos gobiernan, vengan de donde vengan, lean a la ciudadanía y encuentren la forma de hacer consensos, única manera de construir sobre lo construido. Se trata de acabar con la destrucción simplemente por ese odio visceral que se ha vuelto la forma de debatir en Colombia. Claro que tiene que haber disensos porque solo asi se encuentran los caminos que hacen de un país una sociedad que progresa, que se transforma de manera positiva. Esa debe ser la guia para esa mayoría de colombianos agotados por las mentiras, las descalificaciones, las ofensas que entre otras si se generalizan, conducen a la auto censura que es lo mas grave que le puede suceder a una democracia.

La invitación es entonces a aislarnos, dejarlos solos y hacer caso omiso de su agresividad y empezar a demostrar que la tolerancia con las diferencias se puede manejar de otra manera. Con paciencia, con serenidad, con diálogos abiertos sin sesgos injustificados. Eso es lo que necesitan las nuevas generaciones que se enfrentan a un mundo convulsionado donde muchas ideas que se consideraban perdurarían están actualmente seriamente cuestionadas. Un mundo lleno de desasosiego pero con la voluntad de hacerse oír al margen de una política desprestigiada. El mensaje para esas nuevas generaciones de colombianos es que hay otra manera de debatir, de disentir y que los que insultan se deben ignorar, pagarles con el precio de la indiferencia. Todo esto por el bien de los millones de ciudadanos de este país agotados por la agresividad pero principalmente por este ataque permanente a uno de los componentes de la democracia: la posibilidad de opinar libremente.

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