Albeiro Castro Yépez

El segundo solsticio del año, esto es, el que acontece entre el 20 y el 22 de diciembre ha creado desde la época antigua hasta nuestros días, algunas costumbres, en materia gastronómica se creó la tradición de preparar alimentos dulces, antiguamente se elaboraban como elementos para la ofrenda al sol y otras deidades, unas veces para agradecer la cosecha o beneficios recibidos durante el ciclo solar que terminaba y en otras como plegaria para solicitar la merced de lo que se deseaba para el año que llegaba. El feng shui, por ejemplo, recomienda armonizar la sala de recibo con una fuente que contenga una abundante cantidad de chocolates, preferiblemente envueltos en papel dorado como un símbolo de prosperidad y buen augurio de bienestar para el nuevo año, el ritual exige que el visitante consuma el dulce en la sala de la casa visitada,

Los huilenses heredamos de la Hacienda Ganadera la costumbre de melar frutas, dulce al que se le dio un hermoso nombre “la noche buena”, en los albores de la tradición se utilizaba la miel de caña como el insumo básico para el melado, posteriormente se utilizó la panela y hoy en día cuando todo se quiere resolver de manera rápida se utiliza almíbar de azúcar, por su puesto, que los sabores y las presentaciones cambian dramáticamente de un insumo a otro. Se añora y se recuerda la época de las abuelas, cuando ellas, una vez cumplidas la celebración de la noche de las velitas y las solemnidades propias de la Inmaculada Concepción daban inicio a los aprontes de la preparación de la noche buena como el manjar que se degustaría durante el rezo de la novena al Niño Jesús. El arreglo del limón siempre fue una tarea compleja que implicaba extraer la pulpa, el desaguado y el pre cocido con agua y bicarbonato, además del tiempo requerido, el proceso lastimaba las manos; algo similar pero menos traumático resultaba la preparación de la papayuela y el higuillo que demandaban varios días exposición al sol, trabajo que al momento de la ingesta permitía degustar las duces frutas en textura melcochuda que adquiría un sabor más profundo con la combinación del queso y los almojábanas, una tradición que se está marchitando, pero que se añora y se debe rescatar en un ejercicio de recuperación de la memoria oral gastronómica del valle alto del río Magdalena.

La juventud contemporánea resuelve el tema de manera mucho más fácil, pues acuden a los dulces industriales, o a los pasteles que abundan en los supermercados en diferentes presentaciones, el ponqué navideño, el cascabel, los rellenos de arequipe y brevas, en fin, para todos los gustos y bolsillos, lo importante es, endulzar la navidad.

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