Maritza Rocío López Vargas

El ser humano es una especie capaz de elegir entre dos actitudes equidistantes que condicionan su respuesta, que mejoran o empeoran los resultados esperados, que marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso, que inciden en la familia, la escuela, el trabajo, que  demarcan sus comportamientos, costumbres, creencias, valores y lenguaje, esto es, ser proactivos o reactivos.

Las personas proactivas se hacen responsables de su vida, cuidan su lenguaje, se sienten capaces de cambiar, mejorar y esforzarse, son más efectivas, capaces de prever situaciones, confían es sus capacidades, orientan sus acciones hacia la toma de decisiones, se enfocan hacia la solución de los problemas, la identificación de alternativas de solución, enfrentan sus miedos, son perseverantes, disciplinadas, asertivas, recursivas, se convierten en cazadoras de oportunidades, los retos los empujan hacia la mejora continua y asumen la responsabilidad de sus decisiones.

Por su parte las personas reactivas se afectan con facilidad por el entorno social, piensan que todo les sale mal, inculpan al destino u otros de sus errores, tienden a victimarse, esperan ser siempre comprendidas, esperan que los demás resuelvan sus problemas, reaccionan de modo impulsivo e incontrolado ante la adversidad, el estrés o el rechazo, tienden a quejarse, limitan sus decisiones a las condicionantes ambientales (si hace sol, si llueve, si hace calor), les cuesta salir de su zona de confort,  huyen del compromiso, del miedo, del fracaso, construyen muros que limitan sus acciones, asumen las situaciones como problemas no como oportunidades para aprender, mejorar o perfeccionarse.

 

Tener clara estas diferencias, identificar en qué áreas estamos actuando de manera proactiva o reactiva, en qué circunstancias no obtenemos los resultados que deberíamos, cuáles son nuestras justificaciones o excusas para no arriesgarnos, no tomar decisiones, qué aspectos de nuestro lenguaje inciden en nuestra motivación, confianza y seguridad en sí mismos, permite desarrollar hábitos de alta efectividad, actitudes más benéficas y saludables para todos: la proactividad.

Desarrollar actitudes proactivas genera sin duda alguna mayor felicidad, nos hace más consistentes en situaciones difíciles o adversas, nos permite fortalecer capacidades para manejar las decepciones cotidianas, vivir con dignidad, inspirar a otros frente a la adversidad, la muerte o la soledad, permite entender el para qué de determinadas cosas, tener una visión más clara del futuro, dar mayor sentido a la vida, liberarse de los odios, controlar el ego, los celos, la envidia o las conductas que hacen miserables nuestras vidas.

Tenemos el poder de elegir, hacernos más responsables, imaginativos, conscientes de nuestros actos y hacer de la proactividad un estilo de vida.  Está en nuestras manos hacerlo.

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