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Educación, innovación y territorio Las responsabilidades de la educación

Educación, innovación y territorio  Las responsabilidades de la educación 1 30 marzo, 2020

Antonio Roveda

Rector de la FET

 

l mundo nos está cambiando, más rápido de lo que desearíamos. Sin embargo, hemos iniciado el segundo mes, de la segunda década, del segundo milenio y aún estamos llevando acuestas los mismo y serios problemas del ayer. Seguimos como planeta y como nación cargando los mismos malestares y dolores aún no resueltos del pasado. Seguimos padeciendo de injusticia social, inequidad, discriminación, racismo, xenofobia, corrupción, crisis ambiental, hambre, pobreza, etc., y todavía no aprendemos a solucionar nuestro día a día y menos nuestro futuro más próximo. Estamos en un mundo que hoy piensa y trabaja, con justeza y no sin razón, en las bondades de la Revolución 4.0 y 5.0; en los progresos de la nanotecnología y en los complejos modelos de la inteligencia artificial. Y eso está muy bien. No obstante, pareciera que estamos dándole la espalda a la más cruda de nuestras realidades: la creciente pobreza.

Las cifras de la ONU son alarmantes: más de mil quinientos millones de personas se acuestan sin comer; cerca del 65% de la población mundial no cuenta con agua potable ni con atención básica en salud. Más del 10% de la población mundial sobreviven cada día con menos de dos dólares. Los lugares de la pobreza siempre son los mismos: el África subsahariana, Asia meridional y América Latina.

Ahora bien, la pregunta es clara: ¿Qué papel debe tener la educación, la ciencia y tecnología frente a esta realidad? La respuesta no debe ser muy rebuscada: necesitamos de una investigación, de una ciencia, tecnología, educación y de unos verdaderos procesos de innovación, creación, desarrollo y transferencia (I+D+i+T) que contribuyan significativamente y se comprometan con todos los ámbitos de la sociedad, para conseguir pasar de “condiciones menos humanas a condiciones más humanas”.

Necesitamos de una academia comprometida y seriamente articulada con el sector productivo nacional y local, que provea de conocimiento, procesos, productos, estrategias y profesionales que generen cambio, desarrollo y transformación. Nuestros indicadores de productividad no pueden estar aislados de los indicadores de cambio social. No podemos seguir generando relaciones asimétricas o contrarias entre educación y producción. Hoy tenemos un país que lo que invierte en educación no es equivalente ni proporcional con su capacidad productiva y menos con sus indicadores de justicia social. Estamos educando, muchas veces, a espaldas de la empresa, de la sociedad y de las personas. Educación y producción son frutos de un mismo árbol.

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