La Nación
COLUMNISTAS OPINIÓN

De la vanidad y de los hechos del príncipe:

De la vanidad y de los hechos del príncipe: 1 12 agosto, 2020

 

José Joaquín Cuervo Polanía

Lo frágil de la naturaleza humana siempre nos hace recordar que el poder político, el poder ejecutivo máximo, el legislativo, el judicial, desnuda una naturaleza humana que pierde la medida de lo justo y lo proporcional. El caso del Fiscal Francisco Barbosa y el del contralor General de la Nación Felipe Córdoba es sólo un caso de tantos hombres y mujeres que una vez saborean las mieles del poder pierden la percepción real de las cosas. Estos son ejecutivos más o menos jóvenes que descubren y quieren mantenerse en una intensa necesidad de poder, suelen creer que tienen más respaldo del real, los mismos que ostentan símbolos de poderío que los diferencia de los demás: viajan más y más lejos, visten sólo con prestigiosas marcas, tratan de mantener las distancias haciendo notar su jerarquía. Y creen que ellos y sus familias pertenecen a clases privilegiadas merecedores de la práctica inveterada de los hechos de los príncipes: Creer que su poder soberano no debe dar cuentas a nada ni a nadie, creerse que están siempre por encima de la ley.

Sin ignorar que no todas las personas se portan anómalamente cuando les delegan alguna clase de poder y que el Fiscal y el contralor pudieran ser muy buenas personas, la tendiente resbaladiza del orgullo humano, los puede llevar al mismo punto muerto de sus carreras políticas y profesionales.  Deberían aprender de lo sucedido con Néstor Humberto Martínez, de Montealegre Lynnet, de nuestro paisano Jorge Fernando Perdomo, de Mario Iguarán, de Sandra Morelli, etc., los que un día tuvieron que retirarse a sus cuartelas de invierno o de ignominia y hoy añoran sus veranos omnímodos de poder.   Estos y otra pléyade de fiscales, contralores y procuradores y altos mandatarios que hoy reflexionan desde el bajo perfil del arrepentimiento que nunca debieron haber pensado que las instituciones eran suyas, que ellos estaban por encima de las Instituciones, que el poder es una delegación de un pueblo humilde que espera que las actitudes de sus gobernantes sean transparentes e incluyentes

Ojalá echaran un ojo a sus antecesores: La fiscalía y la Contraloría son todo un quemadero:  Deberían saber que no les va a tocar la suerte malévola de Bolsonaro, que pasó de fiscal a presidente del Brasil solamente persiguiendo a un estadista y asumiendo posiciones populistas de derecha y de adalides de la anticorrupción.

A pesar de las reformas legales y constitucionales que se vienen haciendo  a sus instituciones para revestirlos de un poder más egregio, su poder omnímodo es sólo aparente: A pesar de que al actual contralor le hayan sustituido la constitución con la invención de un poder preventivo y concomitante, que  le hayan reforzado  su poder en formas tan claves como la facultad de vigilar todas las licitaciones del país, poder suspender funcionarios o tener más plata, más funcionarios y acceso a información privilegiada. A pesar que ahora pueda manejar y controlar a los contralores territoriales.

A pesar que el Fiscal se sienta que ocupa el segundo cargo más importante del país y sienta que es el mejor amigo del presidente, el más joven, más bello y preparado; a pesar de pretender ser el mejor fiscal de la historia. Debe recordar que todos tenemos pies de barro, que somos falibles y pasajeros.  Que la soberbia constituye el principio de yerros y equivocaciones. Vanitas vanitatorum, Omnia vanitas.  “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”