La Nación
Carta abierta a mis amigos 1 27 octubre, 2020
COLUMNISTAS OPINIÓN

Carta abierta a mis amigos

Antonio Roveda H.
Rector de la FET

 

La vida me ha premiado con muchos y muy buenos amigos. Desde aquellos “compinches” del barrio, ya lejos en el tiempo, con quienes jugamos sin parar por calles, parques y avenidas, hasta mis inagotables vecinos, quienes me enseñaron que también es posible vivir la “felicidad eterna” e imposible dejar de reír mientras miramos al cielo. A ellos, les debo la fuerza y la pasión por la vida.

Luego llegaron los amigos del colegio, con quienes descubrí la belleza de las palabras, el placer de los libros, el misterio de las bibliotecas y los amores a escondidas. De ellos, aprendí la honradez de la amistad y la inconfundible marca de los silencios. Les debo la magia de las miradas y la cercanía de los abrazos.

Pronto se cruzaron en mi vida los amigos de universidad: hombres y jóvenes mujeres, llenos de preocupaciones, ávidos de cambiar el mundo, amantes inconfundibles del cine, adoradores de la música y soñadores incorregibles. A ellos, les debo el talante de pensar “que siempre es posible” y que morir es una manera difícil de aprender a vivir.

Después llegaron los amigos de otras latitudes, mientras vivía fuera del país. Arribaron los rostros y miradas: los amigos de Europa y los de mi querida y sufrida América. Llegaron los festivos españoles, los existencialistas franceses, los adustos alemanes, los saltarines italianos y los musicales portugueses; también los alegres mexicanos y los trascendentales argentinos, todos, quienes a fuerza de tanto extrañar a su país, ya no eran de ningún lugar del mundo. De ellos, también aprendí que el “mundo es ancho y ajeno”, y que en el fondo siempre somos y hemos sido los mismos, llenos dolores, angustias, sueños y preocupaciones que no tienen ni tiempo ni edad para nadie. Gracias a ellos, mi mundo extendió sus sueños, viajes y fronteras; gracias a ellos, aprendí que uno siempre vuelve a “los lugares donde amó la vida”.

Finalmente, llegaron los amigos de “capa y espada”; aquellos que hemos ganado como una herencia al tiempo. Aquéllos con quienes compartimos la belleza de las cosas simples, las tardes de sol, el vino, la música y un ayer con sabor a nostaligie. Aquellos que se quedan contigo porque saben juntar las piezas de la vida, porque entregan menos perfección y más humanidad, y porque en cada despedida siempre hay una dulce mirada y un apretón de manos que nos recuerda que vivimos en un mundo que ya está pasando…  Gracias a todos, porque por ellos, confieso que he vivido…

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