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Así se lo llevó el canalla covid

Así se lo llevó el canalla covid 1 20 septiembre, 2020

Francisco Argüello

 

No padecía dolencia alguna. No tenía diabetes, hipertensión. Menos problemas cardíacos. Escasamente tenía unos kilos de más que no hacían suponer que el coronavirus borrara su vida. Una gripa le alertó. Estornudaba y tocía, pero nada anormal. Como controlaba el tránsito de Neiva ‘pescó’ un aguacero sorpresivo, repentino. Y ahí empezó su problema. En la noche se esforzaba por respirar y al amanecer se declaró asfixiado, como se lo dijo a su hermana quien corrió en su auxilio. La mujer llamó desesperadamente a una ambulancia, a la propia Oficina de Movilidad, pero nadie corrió a ayudarle. No era un accidente y seguro no resultaba rentable como un Soat. La hermana le alzó en su espalda y la esposa le ayudó. Lo montaron en el carro y lo llevaron hasta el Hospital Hernando Moncaleano. Ahí, en la puerta de urgencias, casi en la calle, lo recibió una enfermera de gafas, careta, tapabocas, guantes y disfrazada completamente de blanco. Esa fue la última vez que observó su rostro, que cogió sus manos.

Lo entraron y la familia quedó afuera, desconcertada, sin noticias de él. El coronavirus le generó neumonía y sufrió un paro cardiorespiratorio. Los parientes se enteraron horas después porque adentro es otro mundo. No es un paciente cualquiera, ni un área donde todos pueden estar. El Covid es mezquino, aleja, separa a la víctima de sus seres queridos.

Una llamada al teléfono era lo más esperado, mientras la víctima estuvo en la UCI. Las llamadas eran de 4, 3, 2 minutos, pero se hacían cortas. Al otro lado del cable, la familia quería saber más, pero era imposible. Permanecía boca abajo, arriba, de lado. Los médicos- desbordados en humanidad- luchaban para que sus pulmones respondieran solos, pero no lo lograban. En casa querían verlo, tocarlo, sentirlo, pero era una hazaña. Escasamente los especialistas ponían su teléfono frente a él y realizaban una video llamada en la UCI. Sin embargo, era en vano. La víctima estaba entubada, inconsciente, en un coma inducido que lo permanecía con vida de un hilo. Aún así, los parientes se conformaban. El Covid es canalla y no les permitía verlo, hablarle al oído y quizá expresarles lo mucho que le querían y ansiaban tenerlo en casa.

18 días después, el pronóstico no fue el mejor. Falleció. Era una cifra nefasta más, un caso de muerte por una enfermedad de la que se cuidó, un virus que lo obligó a portar siempre tapabocas, máscara, guantes, alcohol, pero era vulnerable. Como guarda pedía documentos, tenía contacto con gente. Eso, seguramente, pudo jugarle una mala pasada, cómo puede ocurrirle a cualquiera de sus compañeros.

La víctima murió. Sus cercanos no pudieron verle, aunque a su madre y su hermana no les apetece observar un cuerpo sin vida. Prefieren recordarlo como era. Sin embargo, sus amigos que si quisieron despedirlo cómo se acostumbra, quedaron esperando. El cuerpo- como ocurre con todos los covid- lo embalan, lo sellan y al horno. No da tiempo para llorar, para asimilar. La despedida, tristemente, se protagoniza en un andén.

Jaime Enrique Giraldo descansa en paz. Quienes lo conocieron tienen la fortuna de recordar sus carcajadas, su don de gente, su lealdad, humildad y honestidad, pero eso no le importó al covid. Se lo llevó como puede arrebatar sorpresivamente a cualquiera de los que lee esta columna. ¡Cuidémonos todos!

 

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