La Nación
Del Camacho al Cují 1 10 julio, 2020
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Del Camacho al Cují

En el marco de la celebración de la fiesta de San Pedro, que se celebra hoy, el consultor en Turismo, Albeiro Castro, hace un recuento de lo que componía este tradicional festejo.

 

Del Camacho al Cují 6 10 julio, 2020

Albeiro Castro Yépez

Consultor en Turismo

En los años sesenta los puntos de encuentro de los neivanos eran la galería, el Pasaje Camacho y el Parque Santander, sitios donde vecinos, compadres y amigos se paraban en cualquier parte a “garlar”, sin límite de tiempo y sin afán, quienes lo hacían animados por los negocios se ubicaban en “La Carpa” un sitio ideal para tomar tinto o una cerveza bien helada; si el tema eran las medias nueves dos sitios esperaban la visita: el Pasaje Camacho o la Escalera de la Galería, pan de yucas, envueltos de arroz, cebada y avena aportaban el sabor.

Llegadas las calendas de junio aparecía en la carrera tercera Don José al que también llamaban “pata mala”, él se aplicaba desde temprano a ensamblar tambores de todos los tamaños, llamaba la atención su consagración al cumplimento de la tarea, con la misma devoción se le veía armando la puerca o marrana, pero en especial la forma como esparcía la vela de cebo con su respectivo sobijo sobre el pitón hasta lograr afinación. Lo chévere de la afinación era la llegada de los compadres, pues a medida que afinaba tambores y puercas aparecían los tiples y las guitarras, por supuesto, la oportunidad no se podía perder y el anisado o la costeñita se manifestaban de prolífica manera, de forma tal que, el entusiasmo fluía por sí solo, poco a poco se entonaban las primeras coplas hasta lograr darle rienda suelta al nutrido repertorio. Lo simpático del tema era la participación espontanea de los transeúntes, aquellos que no portaban instrumento, pero se acercaban para aportar su tonada, como siempre unos aplauden y animan a los artistas y otros sostienen la reunión con el elixir de la fiesta hasta llegar al punto de retirada.

Si se tomaba la calle Octava camino para llegar al Palacio de las Cincuenta y Seis Ventanas el bullicio se concentraba en el cují que había crecido frente a la Cacharrería La Mina, allí, al toldar la tarde se reunían copleros a darle rienda suelta a su gusto, los transeúntes y varios funcionarios de la Gobernación se acercaban unos en calidad de curiosos, otros con el ánimo de hacer gala de su inspiración, por supuesto el ambiente pronto entraba en furor animados por la lluvia de anís, a la luz de la luna  los contertulios de desplazaban hasta la plazoleta de armas del Parque Santander amplio espacio que permitía animar la tertulia con bambucos fiesteros, bambuco tradicional, pasillos y guabinas, de vez en cuando una rumba criolla, temas que las parejas aprovechaban para el baile y el respectivo amacice hasta la llegada de la alborada, de ahí en adelante la Señora Sildana se encargaba de ponerle orden al lugar.

Los desplazados del Parque se dirigían al inolvidable Pasaje Camacho allí doña Clara conocía perfectamente la receta, un buen caldo de pajarilla para los que solo buscaban reponer energía, los lunamieleros se inclinaban por el caldo de cabeza de bagre o el de cucha, pues para ellos, la jornada no había terminado; para el plato fuerte la primera opción era la picada de vísceras de cerdo con mayor presencia de las morcillas de arroz, la papa salada, la arepa delgadita, la yuca cocinada y una generosa porción de ají criollo, y la otra era las carnes de res o de cerdo asadas al carbón acompañadas de plátano verde asado machacado suavizado con hogo picante, como bebidas refrescantes se presentaban al mostrador los jugos de lulo, guanaba o badea, por supuesto que la surumba helada con marcado sabor a limón, hacían justicia con el refranero popular: “cuando la comida es candela el desayuno es agua”.

Viejos tiempos que solo se refrescan en la memoria de quienes la vida y la gracia divina les dio la oportunidad de vivirlos, hoy estas historias sirven para elaborar piezas videografícas para compartirlas con nietos y estudiosos de estos temas que dieron origen a lo que hoy con alguna pompa se llama huilensidad.

 

“Lo chévere de la afinación era la llegada de los compadres, pues a medida que afinaba tambores y puercas aparecían los tiples y las guitarras”