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INVESTIGACIÓN

En Fundación, viven para contar la historia

En Fundación, viven para contar la historia 1 30 marzo, 2020

En Fundación, viven para contar la historia 2 30 marzo, 2020LA NACIÓN recorrió las calles de Fundación, Magdalena, y habló con los sobrevivientes de la buseta que explotó y les cobró la vida a 33 niños. En la localidad hay pobreza, miseria, amargura, decepción y desolación.

FRANCISCO ARGÜELLO

Encuentro a Josefa Ortiz Polo en un apartamento en el Rodadero, en Santa Marta. Una amiga la hospeda, mientras sanan sus heridas físicas, del alma. Las primeras: quemaduras en su rostro, cuello, orejas, pecho y brazos. Las segundas, la muerte de Lucelia Ibarra, su hija de cinco años. Falleció en medio de las llamas, dentro de la buseta que ardió en Fundación, Magdalena, el 18 de mayo pasado. Josefa iba allí, pero no pudo hacer nada. Intentó correr, gritar, pedir auxilio, pero el fuego la atragantó y en cuestión de segundos se desplomó. Vive para contar su historia y la narra en LA NACIÓN.
Con Manuel Ibarra, su esposo, también abogado, acostumbraban a recoger niños de cuatro barrios de Fundación. Los llevaban a culto a la Iglesia Pentecostal de Colombia, les hablaban de Dios, les daban merienda y los devolvían a sus casas, salpicadas de pobreza, miseria, donde no hay energía eléctrica, el agua escasea cada tres días y moverse en una buseta resultaba el único atractivo semanal de los menores.

En Fundación, viven para contar la historia 3 30 marzo, 2020

Eran las 11:00 a.m. de ese domingo. Jaime Gutiérrez, de 52 años, el conductor de la buseta, a quien el dueño del carro (huye de la justicia) le pagó 20 mil pesos por movilizar a los niños, buscó gas en Fundación, pero no encontró. Optó por gasolina. Hizo varios viajes, y en el último la tragedia los invadió.
Recorrieron dos cuadras desde la Iglesia hacia el barrio Altamira, al lado del estadio de fútbol, frente al motel del pueblo, y a orillas de la carretera que de Fundación conduce hacia Cartagena. De repente, se apagó la buseta. Jaime se bajó, abrió el capó del carro y empezó el desastre. Una llama de fuego inundó el interior del carro.

“Era impresionante, las llamas salían del motor, ubicado dentro de la buseta. Explotó, sonó muy duro, todo fue en cuestión de segundos… mi esposo gritaba, lloraba, pedía auxilio y trataba de sacar algunos niños que iban en el carro.

“Adultos que nos acompañaban salieron ilesos, se botaron por las ventanas, por las puertas. Yo, asombrada, sin poder hacer nada, caminaba de un lado a otro en medio de las llamas, no se veía nada. El humo que salía era muy negro, yo inhalé mucho, quedé tendida en el piso de la buseta. Es un milagro que esté viva y contando mi historia. Es una oportunidad que me dio Dios…

“Me sentí en el más allá, tirada en el suelo, en medio del humo, de los gritos de los niños, de sus padres afuera de la buseta y sin poder hacer nada. Yo dije: ‘Señor este es el fin de mi vida…, me sentí como en el más allá’.

“Traté de busca a mi niña, de socorrer a los demás chiquitos que iban en el bus, pero las llamas me tumbaron.

“De repente, me vi de pie, frente a una ventanilla, saqué mis brazos, mi cabeza, mi esposo me jaló entre las llamas. Él gritaba enloquecido, corría de un lado a otro, decía ‘te salvaste, te salvaste’, él pensaba que yo había muerto junto con mi niña. Eso fue tan rápido. Llegaron dos señores con extintores, pero fue inútil…”

A Josefa Ortiz la sacaron casi inconsciente, quemada, rumbo al Hospital de Santa Martha por la gravedad de sus heridas. A su esposo, quien no es pastor como lo informó la prensa, lo tomaron preso.

La sobreviviente abandonó su cargo de Registradora en Sabanas de San Ángel, Magdalena, está refugiada en Santa Marta, curando sus heridas, aferrada a que su esposo salga de la cárcel y empiecen a vivir el luto de Lucelia Ibarra, su hija de cinco años, a quien vio morir calcinada, sin poder hacer nada, la chica por la que luchó para que naciera por su infertilidad.

“Estoy muy mal, muy triste, no sé cómo pasó todo esto. Yo solo quería hacer una labor social, algo bueno con los niños, llevarlos a que escucharan de Dios y mire lo que ocurrió…”, dice telefónicamente y en medio del llanto a LA NACIÓN Manuel Ibarra, con diez kilos menos de peso. Su gusto por la comida escaseó, no duerme, sus días empiezan a las 12:00 de la noche cuando lee la Biblia esperanzado a que Dios lo deje libre. La mayoría de familiares se marcharon de Fundación. Temen represalias.

Jaime Gutiérrez, el conductor, es su compañero de celda. Insiste, por teléfono, que quiso ganarse los 20 mil pesos, que todo fue un accidente, que no entiende qué ocurrió.

“A mí me buscó el dueño del bus para que la manejara. Me pagó. No sabía en qué condiciones estaba ese carro”, repite Jaime, nervioso, temeroso por su suerte. La prensa habla de 40 años de prisión, pero él se resiste a creerlo.

“Me siento afligido, bastante adolorido, ay Dios mío, vieran cómo me encuentro yo, mal, por 20 mil pesos que me estaba ganado mire todo lo que ocurrió…”, dice.

Sofanor Gutiérrez, su hermano, quiere verlo, pero le da miedo. Hay padres de familia adoloridos, y aunque a él lo aprecian en el pueblo, teme que lo ataquen físicamente.

Relato
“Tengo las imágenes vivitas”, dice Alexander Martínez. “Recuerdo cuando llegué del monte y encontré a todos los niños quemados, es indescriptible lo que veía. Había niños deformes, desfigurados, los alcancé a tocar, estaban calientes, no podía ver a mis hijos, no los reconocía…”, narra Martínez, quien perdió dos de sus hijos de cuatro y cinco años. Él, mototaxista, como todos los padres de Fundación, no ha tenido ayuda psicológica, a veces se levanta a media noche, revive los hechos en pesadillas, llora y se desahoga. Era la primera vez que sus hijos iban a culto y murieron calcinados. No se resiste a pensar que sus pequeños lo llamaban, pedían auxilio y él no estaba. “Es una impotencia muy grande…”.

El pueblo
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Por las polvorientas calles de Fundación no se habla de otro tema. En el epicentro de la tragedia, dos carpas blancas cubren los rostros, en imágenes, de los niños muertos. Hay flores, cartas, mensajes. Y sí, aunque no se crea, están los dulces, zapatillas, coronas, muñecas, que portaban los pequeños el día de la tragedia hace más de cuarenta días. Algunos quedaron intactos, otros elementos están percudidos por el humo que generó la explosión. El recuerdo vive, está intacto. Quien cruce desde Fundación hacia Cartagena o Valledupar, se tropieza con el homenaje, con las coronas, donde obligadamente se llega, se ora, se mira detenidamente el rostro de los chicos y hasta se deja más de una lágrima. “Es un Armero chiquito”, expresa Jacinto Jiménez, morador, quien señala una cuadra atrás del lugar del incendio. Reposa la enorme estructura gris de la Iglesia Pentecostal de Colombia. Cerró sus puertas desde el día del desastre. El pastor Roberto Padilla echó candado, se llevó las llaves y desapareció del pueblo. Temía que lo lincharan. Sus seguidores dicen lo contrario, que está refugiado en un pueblo de la Costa, esperando que lo llame la Justicia.

Barrios
En Cordobita, Altamira, Faustino Mujica y Vista Hermosa, barrios donde vivían los 33 niños, los padres hablan un mismo idioma: Justicia, piden que se aclare y se conozca quiénes son los responsables.

“Es el pastor”, dicen unos. “Es el conductor”, refutan otros. “El dueño de la buseta”, se escucha, pero Alexander Martínez, padre de dos niños muertos, dice que todos, desde el Gobierno Nacional, hasta la Alcaldesa, y los padres de familia. Las madres se desesperan, se miran, pelean, no se ponen de acuerdo en lo que dicen.

El presidente Juan Manuel Santos llegó hasta Fundación, Magdalena, recién ocurrió la tragedia. Era la primera vez que iba, al menos, en el poder. Hubo promesas en mejoramiento de vivienda, acueducto, energía eléctrica, pavimentación de vías y creación de polideportivos y escenarios, pero un mes y medio después, todo se esfumó. Concretamente no llega nada.

“No entendemos qué pasó con las donaciones que hizo Shakira, Radamel Falcao, nos dicen que invirtieron en ayudas para nosotros pero aún no recibimos apoyos”, denuncia Eliberto Pabón.

En el cementerio del pueblo, ubicado a cinco minutos del casco urbano, descansan 31 de los 33 cadáveres. Son los únicos huéspedes que, con su muerte, adelantaron la inauguración del Camposanto.

Por las calles de la localidad, aún después de lo ocurrido, no se aprende. Circulan carros viejos, ante la presencia impávida de una Policía que trata de evitar nuevas tragedias, pero les resulta casi imposible. El carro de Bomberos y la grúa de Tránsito Municipal no dan ejemplo.

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