La Nación
En memoria de una mascota (descanse en paz) 1 21 octubre, 2021
COLUMNISTAS OPINIÓN

En memoria de una mascota (descanse en paz)

José Joaquín Cuervo

El asesinato del perro de raza Husky, nos hace pensar en la barbarie que representa la miseria de la naturaleza humana que por venganza o por la negación al pago de un secuestro haya decidido torturar y acabar con la vida de una mascota y también en la necesidad de reflexionar siquiera en la posibilidad de pensar en los algunos animales como sujetos de Derechos. En efecto, no sólo es nuestro deber fundamental mostrar compasión por nuestros amigos los “animales no humanos”, sino reconocer y proteger sus derechos.

Nos falta mucho reconocimiento por los animales; si bien por fin, nos dimos cuenta de la barbarie que implicaban las peleas de gallos, el maltrato de los caballos o los asnos utilizados como parte de los vehículos de tracción, las corridas de toros, el encierro y el maltrato de los animales de los circos, el encierro de los pájaros en las jaulas, del robo de su identidad tratándolos de antropomorfizar.

El asesinato de la mascota esta semana en Neiva nos desnuda la maldad, la crueldad y la verdadera medida de la idiotez humana. Incluso, debemos comenzar por reevaluar nuestra relación con los animales no humanos, nuestra relación con ellos debería ser regulada por el valor de la justicia y no por la supervivencia y el poder, ellos no son un apéndice de nosotros, reclaman su autonomía desde su sensibilidad y su animus propio, su cariz y su servicio. Martha Nussbaum en sus fronteras sobre la justicia,  así los advierte: entre los elementos de la existencia digna de los animales  se incluirían, al menos: disfrutar de oportunidades de nutrición y actividad física; vivir libres de dolor, miseria y crueldad; disponer de libertad para actuar del modo característico  de cada una de las especies (sin estar confinados) sin estar obligados hacer acrobacias ridículas y degradantes, tener el derecho de relacionarse  con otra criaturas de la misma especie o de otras distintas y no ser monopolizados en su afecto y atención por seres humanos egoístas que dicen amar  a los animales y solo los utilizan para su propio orgullo y apetencia.

Ese es el caso de los que para mostrar su degradada grandeza y sus alcances dinerarios reclutan animales de especies en peligro vía de extinción con la autorización de los entes ambientales que deciden verlos como hospitalarios apóstoles y defensores. Los animales tienen el derecho para disfrutar la luz y el aire con tranquilidad.

La semana pasada fuimos noticia triste y escandalosa y ya el país estará pensando que no se podía esperar sino el rechazo y el repudio por parte de todos; hemos sido por épocas el  país del mayor número de maltratantes familiares, el del mayor numero de feminicidios; somos el país del mayor numero de asesinatos de niños por parte de pedófilos y psicópatas que se ensañan contra ellos; tal vez, el del mayor número de conductores borrachos que atropellan niños y que van inventando escusas para justificar su banalidad del mal y su falta de sensibilidad. La crueldad de trato con nuestros congéneres humanos más débiles revela también la inmisericorde relación con la que afectamos a los animales.   Los animales no humanos también hacen parte de la comunidad ética y para con ellos tenemos deberes de humanidad y compasión.

Que los gobernantes se preocupen por no dejar en la impunidad el horror, que no les pase lo que le sucedió a Pompeyo con su poca afinidad con los animales no humanos; La misma Martha Nussbaum lo describe: Por allá en el al año 55 a. C, el emperador organizó un combate entre seres humanos y elefantes. Rodeados en la arena, los animales se dieron cuenta que no tenían esperanza alguna de escapar. Entonces, según Plinio, empezaron a “suplicar el público, tratándose de ganar su compasión por medio de gestos indescriptibles y llorando por su situación con una especie de lamento”. Los asistentes al espectáculo, movidos por la lástima y el enfado ante el sufrimiento de aquellos animales, se alzaron para Insultar a Pompeyo, sintiendo, según escribió Cicerón, que los elefantes tenían una relación con la comunidad (societas) con la raza humana. Si eso pudieron hacer los romanos del siglo I a. C, ¿No lo podrán hacer los colombianos del Siglo XXI?