La Nación
La novela que muchos están leyendo en cuarentena 1 5 julio, 2020
Buena vida CULTURA

La novela que muchos están leyendo en cuarentena

Se trata de “Septiembre y tú, naufragio de un amor en la tormenta política”, escrita por el periodista de Nátaga, Marco Fidel Yukumá. El libro no es apto para quienes aún creen ciegamente en los políticos o son devotos de curas y obispos. LA NACIÓN ofrece para sus lectores sus primeras páginas.

 

 

No sé si este amanecer pertenece al lunes después de ferias ganaderas, o si es el de la semana de Pascua. Me acabo de despertar con el segundo toque de las campanas de la catedral, llamando a la misa, confiado en que podré seguir durmiendo, pero el estruendo de la ventana, desparramada a propósito, hace trizas las ganas de continuar en la cama. Mientras los rayos del sol penetran en la habitación, y me calientan la cara, exprimo la memoria ─como si la estuviese reseteando─ en busca de la información requerida, y al fin recuerdo que me acosté en Garzón, después del colorido baile de coronación de la nueva Reina departamental de la Alegría, como a las 2:30 de la madrugada. Fue el remate de las fiestas.

Me ha tocado enfrentar un despertar extraño. El primer incidente lo provoca, justamente, mi mamá, que, de manera abrupta, como dando rienda suelta a un agravio, tira las hojas de la ventana para que el ruido y los rayos del sol conviertan la habitación en un entorno hostil, nada apto para seguir durmiendo. Actitudes como esa jamás se había manifestado en su noble condición de madre; ella solo irradia comprensión y ternura, sobre todo hacia mí, benefactor de predilecciones especiales de todos en la casa.

Ni siquiera Rosa María, la criada de 50 años, quien me enseñó antes de mis 15 los esquivos enigmas del placer, ha venido hoy a la habitación a traerme un vaso de jugo, y a recordarme, como siempre, que el amanecer está avanzando, por si ya quiero levantarme. Mi papá se detiene frente al espejo del corredor, donde simula acomodarse con las manos el cabello encanecido, mientras me dirijo al baño. Noto la intención de improvisar ese pretexto para evitar el efusivo abrazo y el beso en la mejilla, hábito impuesto por él mismo y defendido con firmeza como símbolo de fraternidad familiar en cada amanecer.

Nadie me ha traído una toalla para secarme las manos y la cara, en el tocador del baño no hay ni jabón, ni pasta dental, y ni mi mamá, ni Rosa María acuden en mi ayuda. Esta descomunal indiferencia jamás la había sentido en casa antes, o después de levantarme, así me hubiera cogido la madrugada donde los Macías, tomando cerveza, o viendo películas alquiladas donde el gordo Polo. Siento aquí, en el baño, mientras escurro un tubo dentífrico para proveerme de los residuos, una soledad inexplicable, una indiferencia rara e incomprensible; como si los hubiese ofendido a todos al mismo tiempo, sin darme cuenta.

Cuando regreso del baño hacia la habitación, percibo el olor a caldo, chocolate y huevos; veo sobre la mesa del comedor varios platos y vasos humeantes, acaban de ser servidos para mí. Pero es tan evidente el malestar esparcido por toda la casa, que no me atrevo a sentarme a desayunar. Tampoco nadie me lo insinúa. Estoy a punto de encontrarme de frente con mi mamá, pero me evita deteniéndose frente al espejo; simula prisa y se acomoda el manto negro en la cabeza. Esta nueva manifestación de indiferencia coincide con el último toque de las campanas de la catedral, que indican el momento culmen para que comience la misa, no sé si de las 7:00, de las 9:00, o de las 12:00. El reloj no me ha interesado para nada en este inadvertido amanecer.

Nuevamente, estoy sentado en el borde de la cama tratando de decidir si me acuesto otra vez, o si enciendo la televisión. Veo, entonces, pasar, de pronto, a mi padre por el corredor, y antes de desaparecer mira de soslayo hacia la habitación, como tratando de ubicarme. Me levanto, me acerco a la ventana, de par en par, y observo a mi mamá, abajo, abriendo la puertecilla de la reja para tomar la calle calurosa, en dirección a la catedral. Va llorando, se enjuga el rostro con un pliegue del manto negro que escogió este domingo para cubrirse la cabeza durante la eucaristía.

La incertidumbre no me deja acostar otra vez, ni encender la televisión. Sigo confundido. Decido allí, sentado, retomar la lectura de la novela Berta Isla, del escritor madrileño Javier Marías, iniciada el miércoles antes de las Fiestas de la Alegría. Había señalado con el filo de la uña el final del cuarto párrafo, en la página 18, pero me resulta imposible concentrar la atención en el libro, y prefiero dar una vuelta por el jardín. Cuando empiezo a descender por las gradas con destino al primer piso, abriéndome paso entre la fragancia de los claveles, los geranios y las azucenas, me encuentro con el tío Esteban, quien tampoco se deja saludar. Se devuelve, y busca con rapidez la puerta de la calle, sin disimular la intención de evadir el encuentro.

Me quedo sentado en el tercer peldaño en busca de cualquier alivio en el néctar de las flores, deliciosamente desperdigado por todo el primer piso; nada parecido al tufo en mi habitación, donde he debido soportar un despertar amargo, provocado por la rara apatía de mis papás y de todos los demás. En 25 años de vida nunca imaginé encontrarme con una circunstancia tan engorrosa e inaudita como esta. La sensación de nostalgia, rabia y desconcierto me tienen confundido, definitivamente; no puedo controlar varias carcajadas instintivas, y termino acostado sobre el piso intentando atajar las lágrimas, inevitables y en abundancia. No son lágrimas vertidas de los ojos, me brotaban del alma.

Ahí, doblado sobre las escaleras, vencido por el desconcierto, no tengo una elección distinta a la de levantarme y retornar al cuarto, temeroso de encontrarme con la siguiente recriminación de cualquiera de los miembros de la familia. Camino despacio, sin mirar al frente; repaso las figuras amorfas y repetidas, inmersas en los baldosines del piso. He regresado a la habitación, prácticamente sin darme cuenta; me encierro, decidido a no salir mientras la incómoda situación no tenga una evolución racional.

Después de cerrar la ventana y asegurar la puerta, justamente cuando me voy a recostar en la cama para seguir especulando sobre lo ocurrido durante el remate de fiestas, me acuerdo del teléfono celular; puede ser una excusa interesante para paliar un poco esta mortificante circunstancia jamás imaginada. La insólita actitud de mi mamá, de mi papá y de los demás me ha provocado un inesperado desconcierto. Hasta se me había olvidado el celular, en condiciones normales lo reviso hasta diez veces por minuto. Intento consultarlo, pero en medio de la borrachera lo tiré en cualquier parte; está sin carga, no funciona. Debo conectar su almacenador, y esperar. Imagino la cantidad de mensajes y llamadas sin mis respuestas.

Tan pronto la batería se abastece de energía, el aparato arma una algarabía: suenan los mensajes de WhatsApp, represados; vibraban las alertas de los recados de texto, mientras otros códigos se activaban. Está repleto. El menú señala la cantidad de datos ingresados desde la noche anterior, algunos de urgencia, y otros de interés general, sin responder, dadas las prioridades de la rumba, pues el ajetreo fue intenso desde la tarde en el desfile de candidatas, la ceremonia de coronación y el baile de clausura en el club social. Todo eso se convirtió en una gigantesca pieza de indiferencia con mi celular, sumado a las cantidades de aguardiente Doble Anís, cerveza, ron, güisqui, chicha y todo lo que me cupo en el estómago, que me suministraron, sin miseria, los amigos y conocidos en todas partes por donde fluía la diversión en la ciudad Diocesana del Huila, «ensanpedrada» durante casi un mes.

Examino primero el WhatsApp, y hallo centenares de mensajes; empiezo a revisar de arriba hacia abajo, hay 26 envíos anunciando fotografías. Abro el primero, y por poco me infarto. ¡Qué cosa tan berraca, qué impresión, qué vaina tan rara! ¿Cómo ocurrió semejante güevonada? ¿Quién está detrás de todo esto, y por qué tiene que ocurrirme a mí? Abro el segundo, y ¡lo mismo! ¡La misma hijueputa foto! Grito, asustado, desesperado, con toda la intención de salir a matar al responsable.

Araño con desespero la exigua paciencia que me queda para seguir observando esta asquerosidad. Consulto la tercera opción, y allí está, nuevamente, la fotografía. La han hecho con otro celular, porque los ángulos, los colores y el tamaño, la hacen ver diferente; pero soy yo. ¡Soy yo, hijueputa! Aparezco con la camisa, el pantalón, la manilla en la muñeca derecha, con el rostro de uno de los integrantes de la banda musical Crápula, uno de mis artistas preferidos, que luzco desde el día anterior. Soy yo, no hay duda; sí, ese soy yo. Pero ¿qué estupidez es esta, por Dios? ¿Qué fue lo que hice? ¿Cómo diablos ocurrió? ¿Quién está detrás, quién, quién? Ahora sí comprendo a mi mamá, a mi papá, a todos; tienen razón, la embarré, acabé con la confianza y el respeto ganado desde niño en el seno de la familia.

Antes de salir corriendo y estrellar el celular contra la pared, abro la cuarta opción; se observa una secuencia de por lo menos 12 fotografías en las que Juan Heraldo y yo aparecemos en primer plano. ¡Qué vergüenza, qué dolor para mi madre! He destrozado el orgullo de mi padre, de mis hermanos y de mis tíos. El padrino, Álvaro Antonio, debe de estar renegando por haberme cargado para que el cura me echara el agua bendita en la cabeza cuando me bautizaron. ¿Qué deben estar pensando mis amigas? ¿Con qué cara me le presento a María Sofía? ¡Noooo, por Dios! ¿Qué es esto, quién lo hizo? ¿Por qué lo hicieron? Sin saber hacia dónde, emprendo una carrera desaforada, después de tirar, sin control, la puerta del cuarto y de la sala para buscar en la calle al culpable de semejante despropósito y exigir explicaciones, argumentos, alguna justificación.

De camino hacia el centro, o no sé hacia dónde, tropiezo con John Steven, un ‘parcero’ con quien compartimos en la «patota» de la borrachera la tarde anterior. Cuando intento dirigirme hacia él para comentar mi desgracia, lo veo reír con sarcasmo; noto enseguida su cara de desconcierto y cambio de dirección, pues es evidente. Debe haberse enterado del desafortunado incidente entre Juan Heraldo y yo. No he salido del barrio San Cayetano, donde vivo con mi familia desde hace más de 15 años, y ya me he topado con más de seis conocidos, cagados de la risa tan pronto me ven. No soy capaz de enfrentarlos para explicarles, así sea a puños, mi versión sobre lo publicado en el WhatsApp y en otras redes sociales; precisarles y ratificarles que no tiene relación alguna con la realidad, pero los hijueputas no hacen sino mirarme con ironía, sin dejar de reír.

Avanzo unas dos o tres cuadras en dirección al centro. En ese corto trayecto no encuentro a ningún conocido, ni amigos, ni allegados, pero nadie deja de mirarme; lo más complicado es que sonríen con perversidad inocultable, y con la expresa intención de censurarme, de hacerme sentir ridículo. Antes de llegar frente al atrio de la catedral, cuando ya se divisa el Parque Simón Bolívar, comprendo que me resulta infructuoso encontrar una respuesta acorde con mis propósitos, y decido regresar a la casa. Me queda claro: la ciudad entera lo sabe todo, y difícilmente me absolverá de este pecado social, cometido sin darme cuenta, por culpa de no sé quién hijueputa.

En toda la esquina desde donde se puede apreciar el edificio municipal, el Palacio de Justicia y, por supuesto, la inmensa catedral, me quedo parado observando a la gente que no deja de reír. Ríe la muchacha con delantal verde, mientras atiende a sus clientes en la Heladería Central; ríe el médico Acosta, en su vehículo, y me mira por el espejo mientras cambia el semáforo para seguir su ruta; y ríen todos los vagos apostados frente al billar donde se pela de todo el mundo, aunque lo que se diga no sea cierto. También se ríe de mí la vieja vendedora de jugos, al otro lado, junto al restaurante; y ríe el taxista cazador de clientes frente a las antiguas instalaciones del almacén YEP. Todos, todos, pero todos, se ríen de mí.

Quedo sorprendido cuando Rufino Lara, el viejo cochero, cargador de mercados en su carreta tirada por un caballo rosillo, flaco y desteñido, se detiene justo frente a mí.

― Joven Tuto Lugo, ¡qué gusto me da verlo! Por favor, salúdeme a sus papacitos, que el señor los bendiga ― dice.

Su rostro ajado transmite una inconfundible expresión de sinceridad.

― Gracias, Rufino ― respondo, más por instinto que por cortesía.

Este desprevenido cochero es la única persona con quien he hablado en lo corrido del día, pero su decisión de saludarme amablemente es evidente; no está enterado sobre la desgracia que me tiene aquí parado, en la esquina, convertido en el burlesco de todo el mundo. Rufino es uno de los pocos cristianos de esta ciudad al que no le interesa el celular, ni consulta el Facebook, ni recibe mensajes de WhatsApp, ni discute con nadie a través de las redes sociales. Es un impróvido y feliz ciudadano, vividor del día que amanece, razón de envidia y admiración de muchos. A esa circunstancia atípica atribuyo su saludo efusivo; es quizás el único en Garzón y en el país que se muestra indiferente frente a lo que me está ocurriendo, por una puta fotografía hecha no sé por quién para joderme la vida, para mortificarme las vacaciones, sobre todo, para ponerme en la picota.

Desesperado, agobiado y sin saber para dónde coger, me quedo unos diez minutos más parado en toda la esquina, para esperar que cuanto pendejo pase se burle de mí en la cara. Decido, entonces, seguir caminando con la intención de darle una vuelta completa al parque, pero no puedo; me devuelvo en dirección a la catedral y por allí derecho hacia la casa, nuevamente, tratando de deshacerme de la indecisión que no me deja averiguar si soy capaz de entrar, o seguiré deambulando, convertido en la carcajada de la vergüenza.

Zancada tras zancada, veo circular un montón de imágenes apretujadas en la mente mostrándome varios senderos, sin saber cuál escoger: tomar la maleta y partir para Bogotá; encerrarme en el apartamento y llorar como monja arrepentida hasta hallar la salida menos tortuosa; irme hasta Medellín a buscar a María Sofía para pulsar su opinión sobre todo este embrollo; o sacar la pistola de mi papá y pegarme un tiro allí, en medio del perfume de las flores del jardín, percibido apenas uno abre la puerta de la sala.

 

RECUADRO:

Ya la leyeron

“Septiembre y tú es una novela de ficción cuya trama gira alrededor de dos familias del centro del Huila políticamente opuestas, surge una historia de amor entre estas familias muy tortuosa y trágica. La novela atrapa desde el primer momento, el escritor es creativo, crítico y mordaz por sobretodo, con la dirigencia política”. Ariel Rincón Machado, presidente de la Cámara de Comercio de Neiva.

“Tal vez uno de los pasajes de la novela Septiembre y tú, que más recuerdo con cierta suspicacia, es el momento en que Tuto, el protagonista, recibe la llamada de un reconocido periodista quien indaga sobre el bochornoso acontecimiento que aún no lograba explicar. Lo curioso es que el frío y la preocupación que sintió Tuto por la llamada de este incisivo y temido periodista, es la misma sensación que sentimos muchos de quienes pertenecemos al universo político cuando somos requeridos por el autor de esta novela quien no se ahorra adjetivo alguno cuando se trata de preguntar”. Julio César Triana, Representante a la Cámara.

“A mi manera de ver, el escritor hace que sus letras se vuelvan interesantes, acogedoras y amenas en todo momento, invitando así al lector a compenetrarse con la narración que refleja un mundo de sorpresa, asombro y perplejidad. María Sofía y Tuto o los Lugo –Parra y los Bonilla-Ramos, protagonistas de la novela, son como lo rojo y lo azul de la vida de Colombia en muchos momentos. Felicitaciones y gracias por esa joya literaria”. Jorge Enrique Montenegro, director del Comité Departamental de Cafeteros.

 

*Quienes adquieren esta novela apoyan a la Fundación Huellas con sentido de vida, que ayuda a los niños huilenses que padecen de cáncer.

 

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