La Nación
La zanquirrucia 1 21 enero, 2021
COLUMNISTAS OPINIÓN

La zanquirrucia

 

Albeiro Castro Yépez

 

Caminando por la zona rural del oriente de Neiva, especialmente por los senderos de San Antonio de Anaconia, Vegalarga y El Cedral tratando de hilar las vivencias en la cuna del Maestro Jorge Villamil Cordovez, y desde luego, trayendo a memoria el desarrollo agropecuario iniciado por don Jorge Villamil Ortega, se encuentra el viandante con un sinnúmero de elementos que le sirvieron de referencia a la inspiración del Cantor de Las Américas.  Como muchas veces se ha dicho, Villamil le cantó a la mujer, al paisaje, a las labores productivas del campo, pero también a las unidades geográficas, entre ellas, los ríos y las montañas.

En este sentido, el Compositor plasma en su obra La Zanquirrucia la admiración por una humilde mujer a quien la vida la convirtió en todera, ella, se destacaba por su aplicación a las labores de la siembra, abono, recolección y beneficio de la cosecha cafetera, cuenta la historia que no le ponía problema al cargue y descargue de los pesados fardos a las muladas que surcando el Fortalecillas o Las Ceibas deberían llegar a Neiva. Pero como si fuese poco, también se le veía trabajando a pie juntilla en el faenado del ganado, labores que con el despuntar del día inician con el ordeño, mientras que en semana se cumple con el lavado, desnuchado, sin dejar de lado la vaquería, el marcaje y el castrado, y por supuesto colaboraba con especial entusiasmo en la elaboración de la cuajada. Cuando las labores del campo disminuían y los ingresos menguaban, la dama elaborada finos bocados de bizcochos tostados de maíz o de cuajada, achira y de manteca que vendía tanto en el pueblo como a los compañeros del campo.

El señor Villamil Ortega acostumbraba realizar dos reuniones generales con sus empleados del campo, la primera sucedía para las calendas comprendidas entre la última semana de mayo y la segunda del mes de junio, reunión enfocada en la liquidación de la cosecha cafetera y la segunda para los tiempos de diciembre, momento de la vaquería general, o lo que soy se llama el inventario ganadero; ambas reuniones concluían con un festejo acompañado con generosas viandas típicas, especialmente asados de carne de res y el infaltable asado huilense precedido de una exquisita sopa de colí con espinazo de cerdo y por supuesto el pastel de arroz, entre mistelas y resacados, el ambiente llamaba la verbena, allí avivaba la presencia de la humilde mujer ahora convertida en la animadora de la fiesta, entonando coplas de rajaleña y bailando bambucos tradicionales, mujer alegre, festiva, honesta y trabajadora a quien el Maestro llamó “La Zanquirrucia”, personaje que seguramente habrá la necesidad de recrear para que actué como la anfitriona de las fiestas de la zona rural del oriente de Neiva.