La Nación
Lágrimas de honor 1 21 enero, 2021
EDITORIAL

Lágrimas de honor

“De ese momento no me acuerdo de nada, a grandes rasgos recuerdo que ese día me llamaron para servicio, me necesitaban así como necesitaron a muchos de mis compañeros, la situación lo ameritaba y para eso nos formamos, para servir. Ese día el chaleco balístico se me había quedado en la casa, llegué al sitio de concentración que era a las afueras de la Universidad Surcolombiana, y mientras recibía instrucciones me acordé del chaleco, y como si se tratara de una corazonada, llamé a mi hermana, la esperé un par de minutos para que me lo trajera y finalmente me lo puse (…) de no haber hecho eso, ni siquiera estaba contando el cuento (…) ese artefacto me había podido matar, eso es una mezcla de muchos elementos peligrosos, y pese a estar en las condiciones actuales, le doy gracias a Dios por una segunda oportunidad de vida”. El relato es del patrullero de la Policía Metropolitana de Neiva, Arnoldo Verú, ‘blanco’ de una ‘papa-bomba’ en predios de la Universidad Surcolombiana el 26 de noviembre de 2019 en medio del estallido social de finales de año pasado.

La historia del patrullero Verú es sobrecogedora. Su oído izquierdo quedó destruido totalmente, la movilidad en la cara quedó parcialmente reducida, no puede ingerir alimentos ni masticar por ese lado, no tiene sensibilidad, y aunque intenta hacerlo creyendo que el poder mental todo lo puede, siempre falla en sus intentos; la mano izquierda de a poco se va recuperando, tres dedos perdieron movilidad, le cuesta sujetar cualquier objeto, no tiene agarre muscular y pese a que asiste sin falla a las terapias de movilidad, recuperar la sensibilidad está tan inalcanzable como su sueño de ser papá y poder ascender en la Policía. Como consecuencia de la afectación auditiva, Verú no puede caminar solo, le cuesta incluso incorporarse, pues al hacerlo tiene el riesgo de caer. Los dolores de cabeza, mareos, la inestabilidad, el vértigo y la pérdida de la memoria, han jugado en su contra.

Un año después, Verú reclama a gritos que no lo dejen solo. Está a la espera de una delicada cirugía. Quiere volver a ser él. La Policía está obligada a acompañarlo todo el tiempo.

El caso de Verú es una muestra de esa violencia irracional que desdibuja por completo la protesta social.