Las mujeres y la ciencia

 

Antonio Roveda H.

 

Creo que todos estamos de acuerdo que de forma más seguida deberíamos homenajear a quienes han contribuido de manera sencilla o notable en la construcción del pensamiento científico a favor de la humanidad. Todos coincidimos en que deberíamos reconocer y aplaudir más la inteligencia humana que se preocupa por mejorar las condiciones de vida de los demás.

Sin embargo, mención especial merecen las mujeres que han dedicado su vida a la ciencia; aquellas que han tenido muchas veces que postergar otra serie de sueños y funciones que les demanda la sociedad como “libretos obligados y naturales” para concentrar su tiempo y esfuerzo en alguna disciplina científica, inclusive casi siempre a pesar de sus propias familias y de la sociedad.

Celebro entonces a aquellas mujeres que con esfuerzo y tenacidad estudian, buscan los espacios y recursos para formarse, aumentando así la producción científica mundial. Apoyo las políticas de acceso, permanencia y graduación a la educación superior de nuestras mujeres y, por lo tanto, reconozco los esfuerzos de aquellos gobiernos sensatos que se dedican a promover la equidad de género y no temen a los políticos “oscurantistas” que se sienten amenazados cuando las mujeres reclaman sus legítimos derechos.

Este es el siglo y el milenio de las mujeres, afortunadamente; vendrán entonces los tiempos añorados por pocos y temidos por muchos en que las mujeres continúen escalando merecidas posiciones en la ciencia, la tecnología, la política, etc. Es el tiempo de contar la historia con otras manos, desde otras perspectivas y con nuevos intereses. La historia empezará a reescribirse desde otras miradas, seguramente menos violentas, menos soberbias, más éticas y transparentes. Ya es hora de construir un mundo hecho entre los hombres y mujeres que se sientan como iguales, como equipos humanos que viven y sufren en un mismo espacio y que padecen los mismos problemas. Es el tiempo de reconocer el papel de la mujer como protagonista de la Historia y de la ciencia como su espacio natural.

El mundo tendrá entonces que reconocer que el pensamiento científico no tiene género, y que producir y gestionar ciencia es un asunto tanto de hombres como de mujeres; y aunque esta premisa no es clara ni entendida por todos los gobiernos ni gobernantes, se hace necesario – casi inminente – contar con más mujeres que se eduquen y que sientan que la ciencia también es un derecho y un deber que les pertenece como seres humanos.

 

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