La Nación
Marchemos en el paro del amor 1 29 julio, 2021
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Marchemos en el paro del amor

«Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor. Pero sólo permaneceréis en mi amor, si obedecéis mis mandamientos, lo mismo que yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho todo esto para que participéis en mi gozo, y vuestro gozo sea completo. Mi mandamiento es éste: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.» (Juan 15,9-17).

Padre Elcías Trujillo Núñez

La mayor revolución es el amor, organizada por Jesucristo. El evangelio en este domingo, nos manifiesta que el amor supremo, la esencia del cristianismo consiste en amar.  El mandamiento supremo, la esencia de la fe es amar. Ser cristiano es amar. Ser creyente es amar. Ser humano es amar. Permanecer en su amor es seguir fieles a su amistad. El amor es presentado por Jesús, primero como experiencia y como don de Dios y, después, como mandato. La Buena Noticia consiste en el anuncio de que Dios nos amó primero. Y este anuncio de gracia divina está en el origen de todo amor, porque Dios es amor.

La palabra amor es muy repetida y usada por el hombre y quizá por eso más devaluada. Se confunde amor con tantas otras cosas. Se dice amor cuando en realidad se está hablando de placer, de pasión, de realización, de sexo, de momentos, de atracción, de emociones. El amor del cual nos habla hoy el Señor, es del amor gratuito, incondicional, generoso, entregado hasta el final, comprometido por siempre. Un amor que genera vida, esperanza, paz, perdón, alegría, solidaridad, justicia.  Y no es que el amor humano, el amor sensible, el amor emocional, no sea importante. ¡Qué bien lo ha expresado el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica titulada precisamente “Dios es amor”! Dice él que hay un amor de Eros, un amor de Filia y un amor de Ágape. Los tres son buenos y complementarios: amor de pareja, amor de amigo, amor de Dios. Los tres se interrelacionan, los tres se ayudan mutuamente a elevar el amor humano más allá de la atracción física o erótica y más allá del amor de correspondencia como es la amistad.

El amor cristiano nos lleva a la entrega gratuita, como el amor de Dios. Cuando el amor se cierra, cuando el amor es sólo mirarse el uno al otro sin abrirse a los demás, acaba muriendo. El amor es pensar en el otro antes que, en nosotros mismos, el amor es procurar la felicidad al otro, sabiendo que en esa búsqueda está mi propia felicidad.

Y es que el amor, cualquier amor, es una preciosa y frágil planta que hay que regar, cuidar, alimentar, dar fruto y entregar. En un mundo lleno de amores interesados y egoístas, nos corresponde a los cristianos comunicar y sobre todo vivir esta dimensión del amor gratuito, generoso, solidario, sin esperar nada a cambio. Sólo en esto, dice Jesús, nos reconocerán como verdaderos discípulos. Sólo así volverán nuestros contemporáneos a fijarse e interrogarse de nuevo al vernos cómo amamos y cómo nos amamos. Y para mí ésa debe ser la auténtica renovación de la Iglesia, la verdadera misión y evangelización. Sin eso, todo lo demás es rito y norma vacíos que no llamarán la atención a nadie.  En ese amor debemos permanecer. Este amor es el que nos lleva al colmo de la alegría. Pero para que no tengamos duda de qué amor se trata, Jesús describe en qué consiste el amor: “Nadie tiene amor más grande que quien da su vida por sus amigos”. El amor de Jesús consiste en desvivirse por los demás y en exponer la vida a favor de los otros, tal como él hizo en la cruz. Ése es el amor que revela al Padre, y que constituye la alegría en plenitud para la vida humana. Jesús llama amigos a sus discípulos y a todos nosotros, porque nos ha contado todo su secreto y su misterio, porque nos ha revelado la verdad más profunda de Dios, la que nos proporciona la alegría más plena.

Entre todos los amores humanos, parece que para Jesús el más excelso es el de la amistad. Si lo comparamos con los otros amores de la vida, la amistad ciertamente sobresale como la relación más sublime de afecto y de entrega en el amor desinteresado, que a su vez es correspondida. La amistad es un amor profundo que significa querer no sólo al otro sino el bien del otro. La amistad lleva consigo el componente de la libertad y de la gratuidad. Al otro se le ama porque sí y sin esperar nada a cambio. Pero además el otro corresponde con el mismo nivel de amor libre y gratuito. En la amistad está la plenitud de la alegría. Ese vínculo es el que Jesús establece con todos nosotros.