La Nación
HUILA

Nueva Esperanza: sin casas, entre el lodo y el olvido

Nueva Esperanza: sin casas, entre el lodo y el olvido 1 3 abril, 2020

En el asentamiento Nueva Esperanza, lo que menos hay es eso, esperanza. Sus habitantes vivieron ayer, uno de esos días que quisieran borrar para siempre de su memoria. Sus hogares fueron destruidos por el torrencial aguacero que, como raras veces, cayó ayer sobre la ciudad de Neiva.

Eran las cinco de la mañana cuando fueron sorprendidos por el estruendoso ruido del agua que venía bajando hacia sus casas, esa madrugada no paró de llover, los rayos y truenos anunciaron que lo peor estaba por venir para estas 84 familias que están asentadas en el norte de la capital opita.

Xiomara Díaz Pérez, solo gritaba y pedía auxilio, el agua inundó su rancho de madera con piso de tierra, ese que había construido con mucho esfuerzo hace dos años, para vivir con sus dos hijas, de cuatro y dos años de edad. Como pudo, las alzó sobre su espalda y en medio del agua logró sacarlas con ayuda de sus vecinos. Tiene 21 años, está embarazada hace siete meses, es madre soltera y vive del rebusque, de hacer oficio en alguna casa, o de lo que le pueda salir en el día a día.

“Cuando me desperté el agua me llegaba al colchón y no tenía cómo salir, y empecé a gritar desesperada a pedir ayuda porque tenía también a mis dos hijas. No podía salir por la puerta, tuve que ir saltando de cama en cama, las alcé a las dos y las puse en un sillón y saqué por el lado donde tengo el baño una a una a mis hijas, las ayudé a salir y luego yo, y solo pude hacerlo con ayuda de mis vecinos, y nos fuimos a esperar a que bajara el agua donde otra vecina”, recordó Xiomara mientras con sus botas negras de caucho recogía entre el lodo, lo poco que no se le llevó el agua, que arrasó con todo a su paso.

“Este aguacero se me llevó todo, cobijas, zapatos, ropa, nos quedamos sin nada. Llegamos aquí porque no teníamos para donde agarrar y esta fue la única opción que tuvimos con mi esposo, que ahora está en la cárcel, y mis hijas hace dos años. Es muy triste lo que nos está pasando, no sé ni dónde vamos a dormir esta noche con mis niñas, lo perdimos todo, habíamos conseguido algunas cosas con mucho esfuerzo y ahora no tenemos nada, fue muy poquito lo que nos dejó el agua”, añadió con un suspiro largo mientras veía como con una pala, el esposo de su mamá sacaba el agua y el barro de su casa que quedó caída de un lado.

“Nos sentimos abandonados”

Descalza y bajo la lluvia que aun caía, Yamile Quilindo, no paraba de sacar el barro de su pequeño rancho, donde vive con su mamá, su esposo y su hijo. Todos, con pala en mano y baldes, desesperadamente estaban tirando afuera el lodo que quedó regado en cada rincón de su humilde vivienda.

“El agua nos dio a la cintura, se nos cayó todo, todo se nos mojó. Las sillas del comedor, las cositas que teníamos, tuvimos que salir del rancho porque nos dio miedo que se nos viniera encima. Aquí estamos muy expuestos a que ocurra una tragedia, el susto que vivimos fue muy grande y solo entre los vecinos nos ayudamos. Llevamos muchos años aquí y siempre se nos inunda, pero nunca había nos había pasado algo así”, comentó.

Yohana Verú, es líder de este asentamiento que tiene solo un estrecho camino de tierra empinado y lleno de piedras para llegar, y con desilusión narró cómo han sido olvidados. “Estamos en zona de riesgo, al borde del río y el desagüe de los barrios que quedan en la parte de arriba cuando llueve es nuestro asentamiento, acá viene a parar toda el agua, hasta las aguas negras, pero nunca nos había pasado algo así. A la madrugada tuvimos que ayudar a los vecinos a salir de sus casas, estamos pensado qué vamos a hacer, porque todo terminó lleno de barro, las familias se quedaron sin nada, tendremos que ayudarnos unos con otros, buscar donde dormir, porque ni colchones quedaron”.

“La lluvia al parecer va a seguir y lo único que nos queda es protegernos los unos a los otros. Las familias que vivimos aquí no lo hacemos porque queremos, sino porque no tenemos otra opción, nos toca estar aquí, por favor pedimos que nos volteen a ver, nos sentimos completamente abandonados, dependiendo solamente de Dios”, afirmó.

Con ayuda de cuerdas que tiró por su ventana y gracias a los vecinos, Flor Ángela Vargas pudo sacar a sus tres hijos, antes que la fuerza del agua que invadió su casa los arrastrara. “Los vecinos salían con los niños en los hombros, el agua no nos dejaba mover, fue muy difícil. Llamamos a la Policía y lo único que nos dijo era que como nosotros ya estábamos acostumbrados a esto, entonces que podíamos esperar, que había otras cosas más urgentes por resolver, nadie nos prestó atención, los bomberos nunca atendieron nuestro llamado tampoco, nos quedamos solos y entre todos resolvimos lo que estaba pasando”.

“El baño que teníamos, todas mis cosas se las llevó el agua, hasta la ropa tuve que ir a recogerla a la calle toda llena de barro y recogerla en baldes. Fue demasiada agua, no sabíamos qué hacer, solo corríamos desesperados de un lado a otro”, agregó Flor Ángela que se dedica a trabajar como empleada doméstica y lleva once años viviendo en ese asentamiento de la comuna Uno, que no cuenta con servicio de acueducto ni alcantarillado.

Lo único que piden hoy los habitantes de Nueva Esperanza, es que los reubiquen, antes de que “ocurra una tragedia”. Solo ruegan un milagro que les ayude a no seguir viviendo con zozobra, cada vez que escuchan llover.

“Yo tengo miedo que algún día ocurra una tragedia, esta vez nos pudimos salvar, pero no sabemos si otra vez lo logremos. Lo que más nos preocupan son los niños, nuestros hijos, morirme no me importa, pero no quiero que le pase nada a ellos, por eso nos queremos ir de aquí urgentemente, porque en cualquier momento se nos puede venir todo encima, pero no tenemos para donde irnos, nos sentimos perdidos, sin esperanza”.

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Con palas, y ayudados por sus vecinos tuvieron que sacar el barro de lo que quedó de sus casas. Fotos Sergio Reyes.

 

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