La Nación
Paramilitares llegaron al Huila con auspicio de políticos y ganaderos 1 28 noviembre, 2022
HUILA

Paramilitares llegaron al Huila con auspicio de políticos y ganaderos

El informe final de la Comisión de la Verdad, en su tomo ‘Sufrir la guerra y rehacer la vida’ devela cómo los paramilitares violaron, torturaron y masacraron personas en Huila en el marco del conflicto interno armado. El apartado ‘Los daños a los proyectos de vida: las vidas indeseadas’, presenta algunas de las consecuencias de estos hechos en varios departamentos del país, como el Huila.

 

En mayo de 2002, el grupo paramilitar Conquistadores del Yarí empezó a operar  en el noreste del departamento del Huila, en los municipios de Colombia, Baraya, Tello, Gigante y Garzón. La organización, conformada por alrededor de 300 hombres, llegó con el auspicio de ganaderos y políticos locales que buscaban combatir a las guerrillas en la región. «El objetivo principal de ellos […] era que iban a hacer
limpieza total de ladrones, de drogadictos, de gais, de auxiliares de la guerrilla…», recordó un campesino del municipio de Tello, en un encuentro con la Comisión.

«Ya traían un listado de diferentes personas […] con orden de darlas de baja». Antes de 2002, la guerrilla ocasionalmente pasaba por su vereda, pero fue con la llegada de Conquistadores del Yarí que su vida cambió drásticamente.

De acuerdo con varios testimonios, los paramilitares violaron, torturaron y masacraron a los pobladores para intimidar e imponer su control en la región. El grupo armado desmembró, apedreó y usó motosierras para asesinar y desaparecer a las personas que consideraban «indeseables», o que representaban un obstáculo para su control territorial.

Con las muertes, el miedo se instaló en la región y las historias sobre lo que estaba sucediendo se difundieron de boca en boca. Frente a las prácticas de horror y a la amenaza, muchas personas salieron desplazadas o empezaron a vivir en un estado de alerta permanente que afectó no solo sus proyectos de vida, sino su vida cotidiana.

En 2002, el campesino de Tello era dueño de una moto de alto cilindraje. Solo por el hecho de tener ese vehículo, los paramilitares lo obligaron a traer gasolina, actuar como chofer, cobrar extorsiones, transportar armas y munición, entre otras tareas. Si las incumplía o se resistía, le advirtieron, se tomarían represalias contra él y su familia. «Nosotros salimos más afectados», le dijo el campesino a la Comisión.

«Fui “el trompo de los quiñes”. El de lléveme y tráigame, lléveme y tráigame… Si uno se negaba, ahí está su papá, está su mamá, está su hermano, entonces usted verá. Era la amenaza por delante». A raíz de esos hechos y de la presión permanente para reclutarlo, su padre, quien además era el presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda, decidió enviarlo con otros familiares a Neiva, dejando atrás a gran parte de su familia. Con el paso de los meses, la guerrilla bajó nuevamente al pueblo.

Allí, acusaron a la familia del campesino de ser colaboradora de los paramilitares, a pesar de que este ya se había desplazado a Neiva. Hubo amenazas, miedo y estigmatización que, unidos con la distancia, afectaron las relaciones del campesino con su familia. En cuestión de meses, su vida quedó rota. Su pareja lo abandonó y la mayoría de sus parientes se alejaron de él. Solo y lejos de su hogar en Tello, se vio obligado a emprender una vida diferente a la que había contemplado antes de la llegada de los paramilitares. La que era su vida dejó de existir a partir de ese momento.

Miedo y pánico generalizado

Como lo refleja el caso anterior, el conflicto armado afectó distintas dimensiones de la vida: la salud, las relaciones familiares, los quehaceres, las formas de vivir, los hábitos, los sueños y las aspiraciones. La guerra rompe y modifica los proyectos de vida de las víctimas, pues impide que las personas tomen decisiones, realicen actividades, se movilicen, establezcan relaciones, transmitan a sus hijos e hijas su conocimiento, compartan con vecinas y amigos, vivan según sus propias creencias y costumbres o
incluso que hablen, piensen o caminen. Todo esto lesiona su libertad y autonomía.

En el conflicto, en el país, se experimentaron situaciones y emociones muy intensas y dolorosas. Hubo miedo y pánico generalizado, experiencias que alteraron y cambiaron las maneras de vivir y los proyectos de las personas. El despliegue de la violencia en distintas épocas y territorios –y en particular las disputas por control territorial entre actores armados– creó un clima de terror que hizo del miedo una emoción constante, que marcó las vidas de las personas, especialmente en los contextos rurales y campesinos.

El miedo ha estado presente con diferente intensidad a lo largo del conflicto. Durante algunos periodos se acentuó ante ciertos hechos atroces. Sus consecuencias forman parte del comportamiento colectivo: callar, desconfiar, no atreverse a expresar lo que se piensa, encerrarse, aislarse y moverse con cautela son algunos de los comportamientos que fueron incorporándose en la vida cotidiana y que operaron como mecanismos defensivos y de protección. El testimonio de una mujer víctima de desaparición forzada por paramilitares, en Putumayo, en gran medida resume esta experiencia:

«Aquí uno no podía demandar a nadie […] porque si tú abrías la boca para demandarlos, tú estabas arriesgando la vida. Aquí había que volverse ciego, sordo y mudo. Usted no vio, usted no escuchó, usted no habló. Porque si cometía el error de hablar, usted estaba muerto o muerta. Sin importar quien fuera, se moría. Desde que usted hablara, usted se moría. Nosotros teníamos que aguantarnos todo eso».

Cuando las personas sienten que a su alrededor prevalece la confusión, la duda, las sospechas y que, además, los hechos suceden de manera abrupta, la confianza básica se va desdibujando y el miedo entra a formar parte de la vida. Eso sintió un joven en Río Viejo, Bolívar, después de una incursión paramilitar al mando de Manuel Alfredo Rincón, alias Manaure, del comando armado Frente Vencedores del Sur de las Autodefensas Unidas de Colombia, en 1997. En abril de ese año, los paramilitares tomaron posesión del pueblo. Desde hacía meses, habían señalado a los habitantes como guerrilleros y auxiliadores de la guerrilla.

“Cómo se mata un guerrillero”

 Sometieron a toda la población, eligieron a un miembro de la comunidad y lo sentenciaron. «Aquí les voy a mostrar cómo se mata un guerrillero», dijo uno de los paramilitares, de acuerdo con el testigo. A la persona señalada, la asesinaron haciendo uso de toda la sevicia posible. Esta experiencia de terror ejemplificante cambió la vida del sobreviviente; desde entonces, la zozobra lo acompaña permanentemente:

«Después de lo sucedido la vida nos dio un giro de 360 grados. Ya esa confianza, esa tranquilidad, se perdió. Aparecieron miedos que nunca […] habíamos experimentado. Miedo a todo. O sea, ya entonces en la prensa local –yo llamo prensa local a los comentarios– empezó enseguida cada uno a dar su titular: que lo mataron por esto, lo mataron por lo otro, por lo otro y por lo otro. Y no solamente vienen por él, sino por toda la familia».

Las amenazas para que hicieran o dejaran de hacer, la obligación de colaborar bajo coacción o los señalamientos contra diferentes colectivos comunitarios o políticos han formado parte de las estrategias de la guerra. En este sentido, el miedo no ha sido una consecuencia más: con este se fragmentaron comunidades, se inmovilizaron las personas y se impuso un clima de silencio y desconfianza que obligó a cambiar las maneras de vivir de las personas, las familias y las comunidades.

En muchos casos el terror, entendido como un miedo extremo y paralizante, fue parte del contexto emocional que tejió la vida diaria durante años. Una mujer cuyo hijo fue asesinado a manos de los grupos paramilitares que operaban en el municipio de Curumaní, en el Departamento del Cesar, entre 2004 y 2007, por ejemplo, le contó a la Comisión cómo se instaló un silencio colectivo por el miedo a las armas y a la retaliación contra quienes se atrevían a denunciar los crímenes de ese grupo: «Por ahí siguió la violencia y ya uno estaba recogido en su casa. […]», dijo. «Si oía que mataban, calladito la boca todo el mundo. Nadie decía nada. El miedo que uno le tenía a esa gente era horrible, ¿oyó? Ni podía ponerse uno por ahí a hablar […]. No podía hablar uno nada porque daba miedo».

Listas de personas

El miedo y el pánico en el que vivieron miles de personas en muchos lugares del país, la estigmatización y el paso de combatientes por distintos grupos armados y modalidades de violencia que recurrieron al uso de miembros de la comunidad para que señalaran y entregaran listas de personas que posteriormente fueron asesinadas o desaparecidas produjo una enorme desconfianza dentro de las comunidades e, incluso,
dentro de las propias familias.

Según los testimonios allegados a la Comisión, las personas refieren que en sus comunidades y barrios no se sabía quién era quién, pues las personas hoy podían estar en un grupo armado y mañana en otro; hoy podían estar del lado de la legalidad y mañana en la ilegalidad. Frente al silencio impuesto o asumido por el miedo, el rumor y la información fragmentada se volvieron la regla. Esto contribuyó a incrementar la desconfianza. Así lo relataron a la Comisión campesinos del municipio de la Palma, Cundinamarca:

«Se perdió la confianza […]. La gente a los vecinos les tenía confianza. Bueno, que un favor: lo hacían. Después del conflicto, cuando ya comenzaron esas cuestiones, entonces la gente no confiaba en usted porque, de pronto, si usted se echaba de enemigo a alguien, de una vez lo amenazaban y le contaban a la guerrilla: “Mire que yo tengo un problema con […]”. Hubo mucha matazón de gente por culpa de eso, entonces ya no se puede ni hablar es con ninguno porque uno no sabe con quién está hablando».

La desconfianza tuvo impactos sobre los proyectos de vida individuales, familiares y colectivos. Hubo casos en que miembros de una misma familia hacían parte de distintos grupos armados. Esto no solo creó una gran conflictividad, sino que causó fragmentaciones y rupturas que cambiaron los planes y proyectos de las familias.

Algo similar sucedió dentro de las comunidades. Muchas actividades y dinámicas comunitarias se vieron afectadas por la desconfianza, pues se presentaron numerosos señalamientos y enemistades entre vecinos. No tener claro «de qué lado» estaban las otras personas rompió relaciones de solidaridad, intercambios y celebraciones, y cambió el sentido y las identidades comunitarias.

El miedo y la desconfianza inhibieron la solidaridad y la ayuda mutua, porque la gente no podía ayudar a los demás así quisieran hacerlo. Ayudarlos, después de todo, podía costarles la vida. Se dejaron de hacer cosas fundamentales no solo para la vida social, sino para la vida productiva: daba miedo salir, reunirse, conversar con otros, darle empleo a alguien, pedir ayuda. El miedo y el silencio impidieron vivir y hacer lo que se quería. En esa medida, han ocasionado una lesión a la libertad, a la autonomía y, por tanto, a los proyectos de vida de las personas.

Apartado literal del informe final de la Comisión de la Verdad, en su tomo ‘Sufrir la guerra y rehacer la vida’, páginas 104 a 108.