La Nación
6 de enero 1 23 enero, 2022
COLUMNISTAS OPINIÓN

6 de enero

Mario Andrés Huertas Ramos

El 6 de enero será recordado, al igual que el 11 de septiembre, como una fecha icónica en la historia estadounidense.

Por primera vez en la historia de ese país asistimos a una turbulenta trasferencia del poder que incluyó un asalto al Capitolio, unas horas críticas al interior del gobierno saliente y un desconocimiento total del resultado electoral por parte del presidente saliente.

A pesar del evidente sesgo de las principales cadenas de información como CNN, NBC o CBS, lo sucedido claramente fue un ataque a la democracia y, sobre todo, a la democracia más significativa del mundo y la mejor calificada por pensadores como Alexis de Tocqueville.

De acuerdo con ello, las impactantes imágenes de una turba enardecida asaltando el Capitolio con el fin de impedir la certificación de Joe Biden como ganador de las elecciones y la poca reacción de las autoridades dejaron ver que detrás de todo esto había un plan preconcebido.

Sumado a lo anterior, el desconocimiento del resultado a partir de un supuesto fraude electoral es lo que ha generado la mayor crisis democrática en la nación que se ha definido como un faro para la humanidad y que hoy tiene por saldo una situación inusual en su historia.

Y es que resulta casi inédito que un expresidente, perdiendo para un segundo mandato, salga de la Casa Blanca a hacerle oposición abierta a su sucesor buscando su reelección no inmediata. De los casos más recientes, ni Carter ni Bush se arriesgaron a usar la carta que Trump decidió jugar.

Ahora bien, la mala administración de Biden ha permitido que Trump, en menos de un año, logre posicionarse de nuevo como una opción electoral a pesar de afrontar dos juicios políticos, parte mayoritaria del establecimiento en su contra y un bloque bipartidista que evitará, a toda costa, que regrese en 2024 a la Casa Blanca.

Por ahora, las “midterm election” del mes de noviembre será un buen corte de cuentas y una alerta temprana a los demócratas de cara los próximos comicios presidenciales.

Pero, más allá de la mecánica electoral el tema crucial es que en la cultura democrática, la manera en que se reconocen los resultados electorales también resulta ser parte esencial. No someter las instituciones ni al electorado a duros golpes de opinión contribuyen directamente a fortalecer la democracia.

Por ello, aceptar la derrota y reconocer los resultados hace parte también de las reglas democráticas; por lo cual, la enseñanza de lo sucedido el 6 de enero es un llamado de atención, y no un ejemplo a seguir, para democracias más débiles donde las tentaciones antidemocráticas resultan más recurrentes.

Porque la gran inquietud radica en que si esto sucedió en EE.UU., ¿qué podemos esperar en otras democracias?

No podemos replicar el 6 de enero en otras elecciones como las de Colombia o Brasil porque este régimen por más imperfecto que sea es mucho mejor que cualquier “perfecta” dictadura.