La Nación
El papel de la ciudadanía en el arte de gobernar 1 25 junio, 2024
COLUMNISTAS OPINIÓN

El papel de la ciudadanía en el arte de gobernar

La tradición política latinoamericana ha estado marcada por el caudillismo. Desde el siglo XIX, las élites se fueron atribuyendo el papel de conductores de los destinos de los Estados. De esta manera, se constituyó una división casi infranqueable entre la clase burocrática y el resto de la sociedad hasta reducir la democracia al momento del voto. Quienes ganan los cargos de representación se sienten omnipotentes y, en la mayoría de las ocasiones, olvidan el sentido de su labor.

En el año 2024 comienzan los periodos de los gobiernos locales y las corporaciones públicas y se espera que las políticas públicas sean coherentes con las perspectivas de las comunidades. Para esto es necesario trabajar por una apuesta de participación ciudadana, dinamizar las veedurías y los consejos locales; en todo caso, proponer estrategias de incidencia para ampliar una democracia restringida y vertical. Los burócratas suelen decir que a las ciudadanías no les gusta participar, que andan muy ocupadas en sus labores diarias; ocultan que existen proyectos de políticas construidas por las organizaciones barriales, que a la gente sí le gusta expresar sus ideales de sociedad y analizar los entornos. Lo que sucede es que, si no se generan los escenarios propicios para la participación, las personas son condenadas a los lugares privados y a los templos del mercado en los centros comerciales. Ninguna política sale bien cuando es hecha por unos pocos técnicos, pues carece de la realidad que experimentan los sujetos. Son planificaciones que se estrellan contra los contextos, convierten a las ciudades y a los pueblos en lugares que niegan derechos, es decir, despojan a los individuos de su calidad de ciudadanos. Para hacer políticas públicas efectivas es necesaria la participación y las miradas diversas sobre un determinado territorio. Abrir la democracia puede generar incomodidades para los plácidos administradores que prefieren pasar desapercibidos, sin escuchar críticas a su gestión. Quienes gobiernan suelen creer que entre menos escuchen a los ciudadanos sus actos de corrupción y clientelismo pasarán desapercibidos. Se equivocan. Tarde o temprano son condenados judicial o socialmente.

Los ciudadanos, las veedurías, los partidos políticos, los consejos locales, la academia y los diferentes sectores de la sociedad están llamados a desarrollar propuestas de sociedad y a vigilar a los gobernantes de turno. La reserva moral de la ciudadanía debe consolidarse para que quienes han osado y osen seguir estafando a sus conciudadanos sientan el peso de su propia vergüenza.