La Nación
Inclemencias del cielo 1 17 abril, 2024
INVESTIGACIÓN

Inclemencias del cielo

En junio de 1959 el Huila registró lluvias abundantes sobre el Macizo Colombiano y en los territorios cercanos a los ríos Suaza y Magdalena. En Neiva, fueron evacuadas casi 400 personas de las riberas de los ríos.

Olmedo Polanco

Un silbido prolongado anunció la tormenta de ebullición en la vasija de cuello angosto. Andreita vertió el agua hirviendo sobre las hierbas de verde intenso contenidas en pocillos de porcelana. Las hojas soltaron aroma a hierbabuena. Hacía frío en Bogotá, pero no tanto como para tiritar. Apenas empezaba la tarde sabanera. La cocina era acogedora. La mesa de madera estaba adornada por un mantel de cuadros rojos y blancos. El mes de mayo de 1995 se estaba partiendo en dos. El profesor Carlos Ramón Repizo Cabrera compartía aromática conmigo.

Conversar con el Señor Repizo era como pasear entre los renglones de Don Quijote. Periodos oracionales elaborados con sutileza. Adjetivos dispuestos en el debido lugar de la estructura gramatical. Una exquisitez escucharlo. Recostose él sobre la silla y estando delante de su señora, refirió: “Estas hierbitas provienen de mi pequeño jardín. Cultivadas por las manos de Andreita y las mías”. (Entrevista a Carlos Ramón Repizo Cabrera. Bogotá,  mayo de 1995. Hay registro en cinta magnetofónica).

Carlos Ramón vivía en un apartamento acogedor del segundo piso, Bloque 3, del Centro Urbano Antonio Nariño. Tronó a lo lejos, como si la tierra tuviera indigestión. Carlos Ramón miró a través de la ventana. “Eso no llueve”, acotó. Alzada la loza, se antojó de continuar la conversa en su jardín. A propósito, dijo, “Hace bastantes años ya, la región del Huila soportó lluvias abundantes, sobre todo en el Macizo Colombiano. Esto que le hablo está en mi librito sobre la destrucción de la naturaleza”. Tengo por averiguado que mi interlocutor citaba la obra publicada por Editorial ABC Ltda. Santafé de Bogotá, D.C. 1995.

Historia del clima

Entre el dos y tres de junio de 1959, parecía que el diluvio había empezado por el Macizo Colombiano. Hubo lluvias abundantes por tiempo de doce y más horas seguidas. Carlos Ramón era secretario de Educación del Huila. Su memoria prodigiosa recuerda la incidencia de los aguaceros sobre el Dintel de Santa Rosa hasta Cerro Punta y contrafuertes de las cordilleras Central y Oriental. Repizo andaba lo más del tiempo de su vida, preguntando y apuntando datos en libretas. Dando un grande suspiro, miró hacia el cielo. Al tiempo que ordenó sus ideas llamó mi atención. “Mire Usted, Señor Polanco: Esa geografía está en el valle andino del Magdalena. En el mapa aparece entre el sector del Alto Magdalena y Putumayo”. Punto y seguido refirió lo siguiente: “Corría la primera semana de junio. Era este humilde servidor secretario de Educación en el Huila. El 2 de junio a eso de las 8 y 15 de la noche estaba yo en el Hotel Imperio. La telefonista, visiblemente preocupada me trasladó una información que había recibido desde el Sur del Huila”. El alcalde de Tarqui reportó que el río Magdalena había aumentado el nivel de sus aguas de manera nunca vista. Le comparto esto, dijo Carlos Ramón, “Apenas fui alertado sobre las precipitaciones fuertes y abundantes, en el gobierno seccional diseñamos un plan para hacer frente a la situación”. Lo acompañaron otros secretarios. De Agricultura, Rafael Cuellar Lara y de Gobierno, Alberto Bahamón Castilla. Era viernes 3 de junio y el gobernador Felio Andrade Manrique se encontraba en misión oficial en la capital de la República.

Los secretarios repartieron misiones. Las emisoras de radio en Neiva alertaron a sus audiencias y pedían calma. El operador de comunicaciones en la estación del ferrocarril previno a las otras sedes en el norte del departamento, especialmente Aipe y Villavieja. Los comandos del Ejército y la Policía activaron un plan de observación y apoyo a los moradores ribereños del Río Magdalena.

El día que sucedió a la noche en vela, las empresas de transporte urbano en Neiva dispusieron sus vehículos para ofrecer ayuda a los humildes ribereños ubicados entre Rioloro y Las Ceibas. Con sus enseres fueron a parar a los alojamientos dispuestos en el oriente de la ciudad.

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Carlos Ramón Repizo Cabrera. Nació el 30 de agosto de 1909 en Aipe Huila. En 1959 ocupaba el cargo de secretario de Educación del Huila.

Neiva en alerta constante

Radio Neiva y Ondas del Huila emitían boletines noticiosos con cierta periodicidad. Periodista y locutores pedían a los habitantes urbanos próximos a los ríos Magdalena, Las Ceibas y Rioloro, estar alerta ante el aumento de los caudales a su paso por la ciudad. A la altura del puente Santander, salida hacia Bogotá, las autoridades municipales habían fijado un puesto de control para registrar información constante sobre el comportamiento de las aguas.

Una vez en Neiva, el gobernador Andrade Manrique integró una comisión liderada por el secretario Repizo y el capitán Guzmán, de la Policía. Durante sábado y domingo estuvieron los comisionados en Garzón, Altamira, Guadalupe, Suaza y Tarqui. Además de las afectaciones personales y los daños a los bienes de las familias ribereñas, las crecientes de los ríos destruyeron carreteras y puentes. Los pueblos del sur del Huila, ubicados en la ribera izquierda del río Magdalena, quedaron incomunicados con Pitalito. En San Agustín, fue arrasado el viaducto sobre el Río Quinchana. En Pitalito, semidestruidas las viguetas, polines y tablado del puente colgante de Versalles. Semidestruido el puente colgante de Oritoguaz en Saladoblanco. También afectaciones estructurales en los puentes de Laguneta en Oporapa y del paso de Maito.

Carlos Ramón dibujó con una rama seca el curso del río Magdalena sobre un sector de su jardín. Aunque no tuve la fortuna de ser su discípulo, lo recuerdo como pedagogo en el Colegio Laureano Gómez en San Agustín. Y al acabar de rayar el suelo, sin ufanarse, citó de nuevo su obra, financiada con su propio pecunio. Recordó que el gerente de la empresa Taxi Aéreo Opita – TAO-, el capitán Alberto Suárez y el secretario de Gobierno del Huila, Alberto Bahamón Castilla,  hicieron un recorrido de Norte a Sur y viceversa por las riberas del Río Magdalena. “Islotes con pastizales habían desaparecido. Sementeras en las riberas fueron inundadas. La isla de Manso, situada más debajo de la desembocadura de Río Neiva, no aparecía. La isla de Vilú, abajo del paso de Momico, entre los pueblos de Hobo y Yaguará, se mostraba semiborrosa y tan solo los grandes árboles atestiguaban el lugar de ella” (Destrucción de la naturaleza. Editorial ABC Ltda. Santafé de Bogotá, D.C. 1995. Pág. 38).

Los avistamientos del piloto Suárez y del secretario de Gobierno se prologaron hasta el sábado 4 de junio. Apenas aterrizaban en el aeropuerto La Manguita, informaban por teléfono a los alcaldes para que fueran atendidas inmediatamente las personas que pedían auxilio batiendo ropas durante los sobrevuelos de la aeronave. Muchas personas fueron rescatadas en canoas gracias a la oportuna y valerosa intervención de los pescadores.

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Archivo Histórico de San Agustín. Mapa elaborado por el misionero Fray Isidoro de Monclar.

El capitán Suárez y su amor al prójimo

Según los apuntes de Carlos Ramón Repizo, Eulogio Hernandez y su familia vivían en una casucha en la isla Vilú. Obtenían sustento de la sementera que les proveía plátanos y yucas. Además, tenían una pequeña canoa para faenas de pesca, llevar víveres hasta Hobo y aprovisionarse de  remesas en el pueblo. “Semanas antes habían construido una barbacoa utilizando un árbol de mamoncillo y tres potentes postes de madera. El 3 de junio, día de la inundación, treparon hasta lo más alto de la barbacoa y vieron cómo las aguas desplomaban la casucha. El ímpetu de las olas rompió la soga que sujetaba la barqueta y desapareció ondeando sobre las olas” (Apuntes de Carlos Ramón en una libreta de bolsillo)

Eulogio Hernandez y sus hijos Carlos y Aura fueron avistados por el capitán Alberto Suárez el sábado 4 de junio. “Eulogio y su hija gritaban fuertemente cuando la avioneta pasaba no lejos y ellos agitaban ropas para ser vistos”, recordó Repizo. Carlos Ramón ha dejado por escrito que horas después el alcalde de Hobo contrató barqueros expertos que provistos de lo necesario para el salvamento, tomaron rumbo hacia el desagüe del Río Pescador. Se embarcaron Río Magdalena abajo y fijaron dirección hacia el árbol corpulento que asomaba en la isla Vilú y previamente reseñado por  el capitán Suárez. Con lujo de detalles el profesor Repizo señala que “Los bogas, cuando vislumbraron el árbol, se prepararon para la maniobra. El boga delantero, con brazos y manos dio vueltas con la soga al árbol; el barquero de popa lanzó rápidamente el lazo recogido al hombre que expectante estaba de pie en la barbacoa. La canoa, amarrada por la proa, giró 180 grados por la popa y quedó quieta. Gritos de júbilo en Eulogio y su hija Aura. Después de mucho navegar, los bogas llevaron la canoa a tierra firme, muy abajo del territorio de Hobo y en zona de Campoalegre.

Las tareas del profesor

En la Terminal del Salitre abordé un bus interdepartamental. Debía enrumbarme de nuevo hacia Neiva. A pesar del bamboleo del vehículo, sobre el Alto de Rosas ordenaba mis apuntes y volvía sobre la grabación de la entrevista. Era la noche y un relámpago sordo iluminó la lejanía. La memoria auditiva me acercó al año 1975. Era un domingo partido por el medio día y el profesor Repizo presentaba el programa “Mosaico” en la emisora Atalaya Agustiniana. Dejaba él tareas para la semana venidera. En una de esas preguntó por qué en Bogotá hervía más rápido el agua que en San Agustín. Tenía 9 años de edad y le envié la respuesta de mi puño y letra a través de una carta que sellé pasando mi lengua húmeda por el borde engomado del sobre. La profesora Fanny Burbano Vargas me había enseñado a leer y a escribir.