La Nación
Salvo mi corazón, todo está bien 1 23 junio, 2024
COLUMNISTAS

Salvo mi corazón, todo está bien

Como las mejores cosas de la vida, sin buscarlo, me encontré una inquietante novela del reconocido escritor Héctor Abad Faciolince, titulada como nuestra columna. Una interesante trama sobre la vida de un renombrado padre de Medellín, que mientras esperaba por un trasplante de corazón, se replantea toda su vida personal y eclesiástica.

Luis Alberto Álvarez era un sacerdote entregado a la comunidad, amante de la ópera y el cine, en el contexto de los años 90 cuando no solo se recrudeció el conflicto armado urbano de las mafias del narcotráfico, sino también el declive moral por algunos altos dirigentes de la iglesia católica que escondían presuntos casos de abuso sexual, que eran fuertemente silenciados.

Los dos grandes amigos del gordo Luis, -Lelo y Joaquín-, relatan su historia especialmente, en la casa de Villa de San Juan y la casa de Joaquín, donde pasó sus últimos meses antes de una cirugía experimental que le practicaron a Luis; en un entorno familiar donde el gordo encuentra el corazón como el eje conector entre el cuerpo y el alma, porque aprendió a amar a dos mujeres que le brindaron su cariño, así como tres hijos ajenos que le dieron otro color. En el ocaso de sus días, el gordo encontró familia buscando un mejor corazón.

Otro aspecto interesante de la novela, son los ya conocidos debates en la iglesia sobre el celibato, la homosexualidad, la castidad, entre otros cuestionamientos sociales; todo sin una posición de recriminar, sino como retrato de la vida de quienes asumen la responsabilidad de llevar una vida espiritual en el servicio a Dios.

La iglesia ha cometido lamentables hechos de pederastia o abusos que deben ser fuertemente castigados, pero de ninguna manera reduce la gran tarea para traer paz; así, como su enorme trabajo en las zonas más apartadas del mundo, donde la fortaleza espiritual permite llevar una vida de gracia.

Todos tenemos un corazón que pasa desapercibido hasta que empezamos a sentir su importancia. Sin sus palpitaciones no seríamos conscientes de su existencia, desde lo físico debemos cuidarlo con hábitos saludables y en lo metafísico alimentándolo de lo que nos produzca amor, solo así, todo estará bien.