La Nación
Se fue, para quedarse en el paro de nuestra vida 1 17 junio, 2021
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Se fue, para quedarse en el paro de nuestra vida

«En aquel tiempo, se apareció Jesús a los once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.» Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios» (Marcos 16, 15-20).

Padre Elcías Trujillo Núñez

Con la fiesta de la Ascensión, termina propiamente el tiempo de la Pascua y comienza el tiempo de Pentecostés. Tiempo de la misión de los apóstoles, tiempo de la Iglesia, tiempo del testimonio de los cristianos. El Señor asciende a los cielos, entre la admiración y la perplejidad de sus discípulos. Jesús desaparece físicamente de la vista de los discípulos. Eso no quiere decir que nos haya abandonado, sino que su presencia es ahora espiritual. Como nos dice el evangelio de hoy, Él está con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Ahora su presencia en el mundo somos nosotros, sus seguidores. Sus manos son nuestras manos, sus pies son nuestros pies, sus palabras son nuestras palabras, su amor es nuestro amor. Las experiencias religiosas en la cima del monte, sea Sinaí, Tabor, o cualquier otra montaña, son necesarias. La cima del monte es el lugar donde las visiones nacen y se alimentan. Pero el reto consiste en bajar de la cima y enfrentarse a la realidad, continuar la obra de la evangelización.

No es el tiempo de quedarnos mirando al cielo, anhelando seguridades, añorando tiempos pasados que creemos mejores. Cristo nos lanza hacia el futuro. Es cierto que corren tiempos difíciles para testimoniar la fe. Ni mejores ni peores que otros tiempos. Es un mundo muy diferente el que nos toca vivir. Pero el mensaje de Cristo sigue siendo actual, vivo, más que nunca necesario para esta sociedad moralmente enferma, satisfecha por cosas materiales, pero vacía de ideales, de valores, de horizontes que lleven a una felicidad plena. El problema no es Cristo, el problema somos nosotros los cristianos, que no damos testimonio. Es preciso que hoy los discípulos del Señor tomemos el compromiso cristiano de aquellos primeros seguidores de Cristo. La fidelidad y lealtad al Maestro consiste en anunciar por todas partes su Evangelio.

Él se marcha a los cielos, pero a la vez se queda con nosotros para siempre y se hace presente en la Eucaristía, en la acción del Espíritu Santo, pues ya no le veremos a nuestro lado, pero no nos faltará su fuerza y su consuelo, según lo afirma el evangelio: “Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. No tengo dudas de que, si los cristianos pusieran en práctica de verdad el mensaje de Cristo, primero el mundo cambiaría radicalmente, segundo muchos se interesarían por saber la causa de nuestra felicidad, tercero, la Iglesia sería realmente lo que debe ser: sal y luz del mundo, sacramento y signo de la salvación. Cuidemos el testimonio de la vida diaria. No hace falta hacer cosas extraordinarias, sino hacerlo todo con mucho amor y alegría, con amabilidad, con respeto, con acogida a todos, con tolerancia, con una inmensa solidaridad y preocupación por los más necesitados.

No olvidemos que como cristianos, somos observados en el trabajo, en la familia, en el colegio, en la universidad, en el vecindario, entre los amigos. ¿Qué testimonio damos ahí de Cristo? Buena tarea para cada día y para toda la vida. Soltemos los obstáculos que nos atan en una vivencia cristiana paralizada por el miedo, la tradición, la rutina. Miremos hacia lo alto y hacia dentro, como Cristo, y nuestros ojos se transformarán y nuestras manos se pondrán a trabajar y construir una Iglesia más auténtica, más positiva y cercana a los problemas e inquietudes de hoy, y a edificar un mundo más justo, más solidario, más pacífico y humano, en unión con todos los hombres y mujeres de buena voluntad.  La fiesta de la Ascensión nos anima a mirar al cielo y desde allí reconocer la fascinante tarea de la santificación del mundo. Para esta misión Cristo cuenta con Usted. Ánimo.