La Nación
Y caminé a Emaús 1 24 febrero, 2024

Y caminé a Emaús

El escrito de hoy es demasiado importante y especial para mí, he caminado la vida espiritual como el judío errante, aplicando a la perfección los pasos del método científico, observación, experimentación, finalmente llegando siempre al ensayo y error.

Crecí con el arquetipo como muchos varones, que los hombres no deben llorar, que deben ser fuertes, que es un signo extremo de debilidad, esa expresión emocional, no está limitada por el género, todos tenemos derecho a mostrar nuestras emociones, lo que sucede es que el miedo a ser juzgados por los pares del mismo sexo lo impiden.

Nos aterroriza ser señalados por la sociedad, ser reconocidos de frágiles y delicados por lo macho alfa que nos sentimos y por el resto que nos rodean, el ego desmedido nos lleva al orgullo, a la arrogancia y a calzarnos descomunales máscaras de las cuales no somos dueños, pero que en contra de cualquier pronóstico debemos mantener, alimentando la mentira y el engaño, con tal de no ser expuestos.

Herimos nuestros sentimientos, atentamos contra nuestra integridad emocional, física y espiritual, le damos de comer al endriago que nos convertimos por sostener una mentira, engañamos al mundo, a la sociedad y lo peor de todo a nuestra familia (esposa e hijos) por “sostener” el barco a flote, pero llevándolo a un inminente naufragio.

Cuando usted no sabe para donde va, termina a donde no quiere ir, a eso nos lleva nuestra falta de dirección y enfoque, más en tiempos difíciles, Dios es recordado y soldado aclamado, pasada la angustia y la dificultad, Dios es olvidado y el soldado despreciado. Esto es jugar con nuestro creador y es un craso error que se puede pagar hasta con la propia vida. Se aprende realmente en el dolor, en la pérdida, en la tragedia, ya que la experiencia es como las heces, la vemos, pero no la queremos coger.

Se siega lo que se siembra, indiscutiblemente, si siembras duda, mentira, infidelidad, mañana arrullarás a un monstruo, la venda en nuestros ojos y el ego, nos hacen tropezar, caer y revolcarnos, aún más cuando se ostenta cierta situación financiera o cuando se goza de una migaja de poder. Cuando nos sentimos expuestos y el “castillo de naipes” cae es cuando comienza el viacrucis.

Es hora de reconocer, entregar las cargas a Dios, aliviar nuestro dolor, y la única forma es sacando lo más profundo que hay en nuestro ser, dejar escurrir nuestras lágrimas, como lo documentan las sagradas escrituras en el versículo más corto, Juan 11:35 “Jesús lloró”, y si lo hizo el maestro de maestros, porque, ¿no lo puedo hacer yo? Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado. ¡Palabra de espartano!