La Nación
Por no estar unidos a la verdadera vid, perdimos identidad  1 15 junio, 2021
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Por no estar unidos a la verdadera vid, perdimos identidad 

En este quinto domingo de Pascua, nos recuerda que Él es “La Verdadera Vid”, aquella donde se injertan los sarmientos, que somos nosotros. Una Vid con profundas raíces, que irradia a través de la cepa la savia que da la vida, que no es otra que el amor de Dios.

 

Padre Elcías Trujillo Núñez

 

«En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis purificados por las palabras que os he dicho. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada podéis hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. La gloria de mi Padre consiste en que deis mucho fruto y os manifestéis, así como discípulos míos». (Juan 15,1-8)    

 

 

El domingo pasado Jesús nos dijo: “Yo soy el Buen Pastor”. En este quinto domingo de Pascua, nos recuerda que Él es “La Verdadera Vid”, aquella donde se injertan los sarmientos, que somos nosotros. Una Vid con profundas raíces, que irradia a través de la cepa la savia que da la vida, que no es otra que el Amor de Dios. Vivimos tiempos donde se mide a las personas por su exterior y se valora públicamente todo lo que tiene que ver con la fachada corporal. No están de moda las grandes profundidades. Basta ver los programas de la TV: pura apariencia, hueca estética, conversaciones vacías, destruir la vida de los otros con comentarios superficiales.

También basta ver la educación: poco esfuerzo, queriendo conseguir todo por el camino fácil. Estamos perdiendo la identidad, la raíz de nuestro ser. Y ya se sabe, cuando no hay raíz, uno está sujeto a cualquier viento. Y sin embargo, sabemos que sólo lo que se construye con esfuerzo, con sacrificio, que tiene hondas raíces, es lo que perdura en la vida.

Sabemos que, ante las dificultades y fracasos, si no hay profundidad en la persona, se desmoronan nuestras convicciones y tendemos a caer en la amargura, la decepción, el desencanto, el sinsentido, e incluso en el suicidio. También a veces los cristianos pretendemos vivir un cristianismo fácil, cómodo, que no nos exija demasiado, acomodado a los tiempos vacíos que vivimos.

Y no es que todo lo que tiene el mundo moderno sea malo, para nada. Hay muchas, muchas cosas buenas, muchos avances que han mejorado la vida de las personas, muchos adelantos que han facilitado el mejor desarrollo de nuestras potencialidades. Hay más libertad, más derechos, más posibilidades para todos, aunque no siempre equitativamente repartidas en nuestro mundo. Pero es claro que a la vez estamos perdiendo valores esenciales, humanos, necesarios para ser felices. Estamos perdiendo muchas veces el corazón y el alma. Qué bueno escuchar a Cristo que nos invita a afirmar y asentar nuestras vidas sobre fuertes raíces, que no son otras que las raíces de la fe y del amor. Sabiendo que es Cristo el centro de nuestra fe y que sin Él no podemos dar los mejores frutos.

Unidos más que nunca a la Vid Verdadera que es Jesús. Anclados en El, en la oración, en la participación en la vida de la Iglesia, viviendo de la gracia maravillosa que mana de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, compartiendo penas y esperanzas con la comunidad. Sólo desde ahí, podemos dar fruto abundante, fruto que perdure, fruto según Dios. Sólo así perderemos el miedo a manifestarnos como lo que nos pide Cristo: como auténticos discípulos, testigos, reflejos del infinito e inmenso amor de Dios.

Más que nunca el mundo necesita de los cristianos como el “alma” de nuestra sociedad, con un espíritu que debemos insuflar amor a quienes nos rodean cada día, un amor que sólo Dios puede dar. Nunca como ahora la gente ha hablado tanto de felicidad como en nuestros días. Y tampoco nunca como hoy existe tanta gente infeliz. Es hora de testimoniar que la felicidad no se consigue en las cosas externas y materiales, sino en la profundidad de las cosas importantes, las cosas del espíritu y del corazón. Pero no tengamos miedo, contamos con Cristo, somos sarmientos de su Cepa, con Él lo podemos todo. Y a su lado podemos hacer salir de nuevo en la humanidad el sol de la esperanza, la solidaridad y la paz.

 

Nota: en este mes de mayo rindamos homenaje en nuestras casas a María.