La Nación
A las mujeres rurales, mi gratitud 1 24 octubre, 2020
COLUMNISTAS OPINIÓN

A las mujeres rurales, mi gratitud

 

Dayana Méndez Aristizábal

El pasado 15 de octubre se conmemoró el día Internacional de las Mujeres rurales, un día para reivindicar el trabajo que una cuarta parte de la población mundial hace diariamente sin descanso para garantizarnos la seguridad alimentaria al resto de la humanidad. Las mujeres rurales realizan una triple jornada laboral: ellas trabajan la tierra; realizan las labores del hogar, se encargan del cuidado de sus hijas e hijos o de personas mayores a su cargo; muchas además trabajan de forma dependiente o deben salir al pueblo a comercializar los productos de su finca y el 80% de todas estas actividades se realizan de manera gratuita. Es decir, conviven con situaciones de explotación que para cualquier otro colectivo obrero sería algo inadmisible, pero con ellas se ha naturalizado y perpetuado de una manera desproporcionada e impresentable

En Colombia hay cerca de 5.1 millones de mujeres que habitan las zonas rurales, la mayoría de ellas no tiene acceso a la titularidad de las tierras ni a financiamiento para adquirirlas, tampoco tienen acceso equitativo a servicios públicos como la educación, la asistencia sanitaria, el agua o el saneamiento básico y aunque la escasez y la pobreza en el ámbito rural la soportan hombres y mujeres, en ellas se acentúa aún más. Según la Dirección de la Mujer Rural del Ministerio de Agricultura, el ingreso promedio mensual de las mujeres que trabajan en el agro es de $339.000 (76€ aprox), frente a $576.000 (128€ aprox) de los hombres.

Mientras que el mundo entero hace unas semanas estaba confinado por una pandemia, y se puso en la agenda mundial el tema de los cuidados, el cómo los trabajos más precarizados eran quienes estaban sosteniendo la economía, la salud y la vida de las personas (trabajadoras/es de supermercados, domiciliarios/as, transportistas, personas que trabajan en la limpieza y cuidados de adultos mayores, etc.), las mujeres rurales seguían ahí, trabajando invisibilizadas, cultivando y alimentándonos aun en medio de una de las peores situaciones sanitarias de los últimos tiempos.

Siendo Colombia un país tan rural y el sur de Colombia todavía más, seguro que todas/os tenemos nuestras historias con el campo, ancladas allí afectiva o familiarmente, sólo vengo a recordarles que el campo no puede seguir siendo un lugar olvidado y de explotación de unas/os para que otras/os vivamos y nos alimentemos tan plácidamente. Y vengo también, como una eterna convencida del valor de la gratitud, a tomarme una pequeña licencia en esta columna para agradecer a las mujeres rurales que a lo largo de mi vida han acompañado mi formación social, emocional y crítica. A las mujeres de ASOMUCIC (la Asociación de mujeres campesinas, negras e indígenas del Caquetá); el recuerdo colectivo más tierno que tengo de mi infancia es en una reunión con ellas dándome la palabra y escuchándome como si fuera una adulta-gracias Carmen Lucía por eso- y andando por carreteras fangosas de imposible acceso para ir a encontrarlas y pasar un fin de semana de trabajo y estudio juntas. Ellas aún no lo saben, pero cambiaron mi vida, más de dos décadas después de esos episodios me siguen dando lecciones, algún día se los contaré. Gracias a mi madre, Judith, que con su incansable manera de trabajar por los derechos de las mujeres campesinas me enseñó que ese es el orden lógico de las cosas, insistir y no callar. Y finalmente a cada mujer campesina, por garantizar comida en nuestra mesa, por resistir frente a las injusticias y por enseñarnos a cuidar como nadie.

 

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