La Nación
Liberal... ¿Ser o no ser? 1 11 agosto, 2022
COLUMNISTAS OPINIÓN

Liberal… ¿Ser o no ser?

Las generaciones de colombianos liberales rasos, supervivientes en el desmadre político de las seis últimas décadas, andamos errantes en busca de hospicio que nos acoja en la orfandad. Somos algo así como sombras vergonzantes con algo de historia, recuerdos y ejecutorias que autorizan moralmente al ejercicio del pensamiento político.

Entre nostalgia, rabia y orgullo recordamos que imbuidos de liberalismo, con fervor patrio (¿o sectarismo?) y pese a los dueños del ‘bolígrafo’, dictamos programas y lanzamos candidaturas en convenciones municipales, departamentales y nacionales organizadas por las directivas del partido, honrando el legado de nuestro fundador Ezequiel Rojas hace 174 años, autor del artículo periodístico que proclamó los fundamentos programáticos del candidato a la presidencia José Hilario López, instituyendo así el partido liberal colombiano, colectividad que, en medio de guerras, persecuciones y sacrificio de líderes, fue tornándose en centro de pensamiento político para fundamento organizacional de los poderes públicos. La dirigencia liberal honrada e inteligente intuyó que el poder legítimo debe obtenerse con el pueblo respetando las ideas y propuestas antes que a los líderes.

El pueblo liberal fue asumiendo arengas y promesas con fe de carbonero, pensando elegir líderes que no estafaran las necesidades populares, aún y a pesar de los corruptos que eterna y universalmente infiltran el ejercicio público.

Apaciguado el sectarismo con el Frente Nacional, enarbolando el trapo rojo renació el fervor liberal notándose que los idearios se difuminaban entre repartijas burocráticas y ambiciones personalistas. Por la delirante hambre reeleccionista de 1981, con la “operación avispa” nacieron las empresas unipersonales de candidatos a corporaciones públicas, dando entierro de tercera a los directorios. En nefasta consecuencia, el liberalismo perdió frente a una colcha de retazos políticos y jamás recuperó la vocación de generación de pensamiento político colectivo; ser liberal hoy es un mero recurso nominativo de personajes disímiles en ideas y proveniencia, hartos de ambiciones políticas.

El otrora glorioso Partido Liberal terminó siendo a duras penas una ‘organización’ de propiedad unipersonal, ahora genuflexa ante un amasijo de intereses con ansias por ostentar algún encargo en la brumosa ‘república del cambio’; asistimos a malabares de personajillos con votos y prácticas mafiosas, buscando puesto en la repartija de un perverso acuerdo nacional construido con numerosos movimientos de extracción liberal.

En esta ineludible y patética realidad, hay argumentos para que nosotros, la generación liberal sin partido, ¿podamos ostentar el honor de llamarnos liberales?